Comenzó su ritual de todos los días. Se levantó de su siesta y se sirvió un té con limón sin azúcar. Todavía tenía puesto el piyama algo gastado en los codos, indicio de que aún no había salido de casa. La barba canosa como su pelo, pedía a gritos una gillette.
Se arrellanó en el único sillón que había en la sala y comenzó a repasar el diario con un resaltador fluo en la mano derecha. Hizo varios firuletes en el tabloide y cuando terminó tomó el segundo periódico que estaba sobre la mesa ratona y repitió la operación varias veces.
Satisfecho con su trabajo, entró al cuarto de baño para tomar una ducha y, cantando una ópera de Verdi, se afeitó en simultáneo.
Promediando las seis de la tarde se dispuso a elegir su atuendo. Olió la camisa blanca que había usado el día anterior y sonrió pensando que podía tirar una puesta más. Sacó el traje oscuro prolijamente colgado y una corbata con algún lamparón en la parte inferior que tapó disimuladamente con el saco.
Guardó los recortes del diario con las direcciones en el bolsillo y salió a la calle para tomar el 102 en la esquina de su casa. Se bajó en Paraná y Arenales y caminó lentamente hacia el lujoso petit hotel donde dos promotoras controlaban el acceso contra las listas de invitados.
“Rodríguez Lastra”, dijo él, impertérrito, sin saber que despedía olor a naftalina.
Las dos chicas se miraron por un instante y lo dejaron pasar. Total, un bocadito no se le niega a nadie.
muy bueno!!
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