Ad altiora tendimus

(Del taller del JC y cómo un disparador en latín te puede teletransportar en el tiempo)

Rosa, rosa, rosam, rosae, rosae, rosa. Subía las escaleras del colegio recitando de memoria la primera declinación. Rosae, rosae, rosas, rosarum, rosis, rosis.

Cada peldaño me situaba más cerca del matadero. Las clases de latín con la profesora Donatti eran de lo más tediosas. Ella olía a pergamino antiguo y su piel hacía juego con su perfume, arrugada como una pasa, y con el pelo de un tinte que trasmutaba entre el gris y el celeste, nos miraba por encima de la montura de sus anteojos sin que se le escapara el más mínimo gesto de empatía hacia nosotras, sus alumnas de primer año.

Antes de iniciar el secundario, las niñas del Lenguas Vivas pasábamos por un sorteo que determinaba en cual de las dos divisiones de inglés o francés quedaríamos. Con o sin latín.

Mi padre, abogado recibido en Córdoba con medalla de oro, consideraba imprescindible lo que para mí era un verdadero castigo, así que sin mediar sorteo y por decisión unilateral paterna me sometieron al dulce tormento de las declinaciones.

Tenía dos hermanas mayores que habían experimentado el mismo trance, solo que ellas eran muchísimo más dóciles y estudiosas que yo, y los dos años de convivencia con la lengua muerta no fueron tan traumáticoas y aprobaron sin inconvenientes. La profesora era la misma (animales en peligro de extinción en ese momento, no me quiero imaginar hoy día) y al principio tuvo alguna condescendencia para con mi persona, después de indagar con su voz chillona:

– Pasquali, qué es de las hermanas Pasquali de 3ro y 4to año?

Los primeros meses anduvimos bien, más tarde, cuando se dio cuenta de que los genes geniales no alcanzaban para tres niñas prodigio y en la última se caían cuesta abajo sin percatarse de la ilustre herencia académica familiar, me comenzó a tratar como a la peor de las mortales tomándome lección oral todos los lunes a las 7.50 de la mañana.

Dominus, domine, dominum, domini, domino, domino, con la lengua afuera luego de subir los tres pisos de la escalera de mármol entré a la clase como una tromba porque me imaginaba que ya estarían en pleno.

– Pasquali, quédese donde está, vomitaron sus finos labios cuando me vieron entrar. Alea jacta est!*

* La suerte está echada

Venía distraída

Venía distraída por el Eleven, como llamamos al barrio de Once con las chuchis para no perder el glamour. El Eleven tiene un efecto hipnótico, porque encuentro desde las golosinas y el cotillón para los cumpleaños de los chicos, hasta los vestidos de fiesta para los cumple de cuarenta que vienen cada vez más sofisticados, ahora temáticos, que te obligan a buscar los disfraces más raros, desde leona africana hasta odalisca exótica tipo Shakira según el caso.

Justamente en eso estaba, tratando de encontrar una túnica de Cleopatra, cuando meto la pata (no por hablar de más) literalmente meto la pata en un tremendo agujero en la vereda derivado de un arreglo de Aysa. El pie se me puso como una morcilla, hinchado y negro, pero eso sería lo de menos si no hubiera dolido lo que dolía. Parecía que una cuadrilla de obreros me estuviera repiqueteando con un martillo hidráulico (el mismo que usó mi arquitecta cuando reformé la cocina y la vieja hdp de la vecina me hizo juicio porque se le rompió una copita de cristal de baccarat que tenía guardada en el bahiut)

En fin, así me encontraba yo, pensando dulcemente en mi vecina sin poder sacar la morcilla del pozo, cuando, al tratar de afirmarme en la pared, un hombre de traje impecable me ofrece su mano y una tarjeta Dr. José Arturo Direktor, Especialista en daños y perjuicios, a modo de presentación. Seguramente haya sido el dolor (del pie y de mi reciente separación), pero me entregué ciegamente a ese ilustre desconocido que me hizo de bastón hasta el hospital de Clínicas, donde un séquito de enfermeras, administrativos y personal de maestranza lo saludaron con respeto. En un santiamén estaba sentada en la camilla de la guardia donde me atendió un médico con aspecto de residente recién recibido, que también reconoció en el Doctor Direktor a un apreciado amigo, esto lo sé porque me hizo pasar antes que los treintaicinco pacientes que había delante de mí.

Mientras que el joven galeno me inmovilizaba la pierna con un yeso, el Dr. Direktor le pedía información de mis lesiones y hacía anotaciones en una libretita. Luego lo escuché salir, y hacerle otra serie de preguntas a la enfermera y al camillero que ambos respondieron haciendo un relato pormenorizado de lo mal que me encontraba a mi arribo al nosocomio, adornando con términos difíciles la gravedad de mi caso.

Una vez que salimos, mi salvador me hizo saber que ya tenía las declaraciones de varios testigos y que le complacería sobremanera ser mi representante letrado en el juicio contra la empresa de aguas y por supuesto contra el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

Bajo la bola de boliche de la pista miro extasiada a mi musculoso Ramsés II. Eso sí hoy nos vamos a dormir tempranito porque mañana hay que madrugar para cobrarle el pleito a la turra del tercero B, lucro cesante, daño emergente, costas y demás gastos.

Los bajos del temor

La obra había concluido. Una semana antes despedí al último pintor, le pagué los honorarios a la arquitecta y me senté en el piso satisfecha pero derrumbada. El departamento era el principio de una vida nueva que no me correspondía vivir. Mi comienzo, por el contrario, era el inicio de un camino donde se imponía encontrar la felicidad más allá de la danza de los hijos. Me enfrentaba al desafío de un silencio palpable, una habitación sin una de mis personas favoritas y su silla vacía a la hora de la cena.

Él parecía no haberse dado cuenta de la situación, o al menos de lo que la situación significaba para mí. Lejos de contenerme, cada uno de sus actos parecía ir en el sentido inverso. Lo atribuí a que era un particular mecanismo de defensa que mostraba al lobo dominando al mundo desde su peñasco, lejos de la mirada humana que pudiera advertir sus heridas.

Por eso no me sorprendió que el día anterior a la mudanza hubiera decidido salir a pescar. Casi sin darse cuenta soltó el nombre del lugar en el Delta donde tirarían la caña, Los Bajos del Temor, y este último vocablo quedó haciendo eco entre las paredes de la cocina mientras pensaba en que a mí me tocaba la peor parte. Vaciar sus cajones, en tanto mi corazón se haría un nudo con el cierre de cada valija.

Con la recomendación de «no vuelvas tarde que mañana temprano tenemos que darle una mano a Sofi con la mudanza», el salió muy contento con la promesa de un regreso a la tardecita con la conservadora llena de pejerreyes.

A eso de las 8 de la noche, sin tener ninguna novedad del náutico, le escribí un mensaje, pero me figuraba como no entregado.

A la media hora mi hija se asomó a la puerta de mi cuarto diciendo: ¿Te enteraste? ¡Papá se quedó varado! lo llamé hace un rato, me dijo que casi no tenía batería y que estaba llevando la lancha a tiro. Casi en simultáneo entró su whatsapp: “Esperando que suba la marea. No te preocupes. Todo bien. No sé cuándo subirá”.

El pronóstico daba tormenta eléctrica y lluvias torrenciales para esa madrugada. Quien sabe, tal vez lo partiría un rayo.

La casa del amor

Hacía varios meses que las cosas no andaban bien. ¿Podría ser que incluso desde el último año apenas me dirigiera la palabra? No sabría precisarlo, pero de algo estaba segura: ya casi habíamos abandonado totalmente el contacto físico.

Me sentía perdida, sin rumbo, falta de amor, hambrienta de sus caricias. ¿Qué es lo que había ahora en ese lugar? La rutina suele ser la aliada incondicional del desencuentro. Ya no buscábamos estar juntos, ni siquiera para cumplir con las aburridas tareas domésticas. Simplemente las dividíamos entre nosotros para no sufrir esos infames martirios en su totalidad, olvidándonos de la clave de la palabra compartir.

Así estaba yo, en medio de estas cavilaciones mientras revisaba las cuentas a pagar (producto de la división antes mencionada, ya que todo lo relacionado con la economía conyugal había caído dentro de mi órbita), cuando de pronto lo vi.

En el resumen de la tarjeta de crédito, dentro de los gastos correspondientes a la extensión de mi marido, el último renglón saltó sobre mí como una daga punzante hiriéndome de una manera insospechada. Las letras se despegaban del papel para darme bofetadas a diestra y siniestra poniendo de manifiesto lo tonta e insignificante que era.

LA CASA DEL AMOR. Esta era la vil moneda con la que él me pagaba tantos años de sacrificio, las noches en vela a su lado para que terminara su carrera, el deslomarme en el trabajo día a día y correr a casa para cocinar, lavar y tender la ropa terminando a cualquier hora…

Un torrente de lágrimas se agolpó a la puerta de mis ojos, dolor, sí, pero más que dolor era rabia. Una rabia incontenible que apenas pude dominar para tomar el teléfono y llamar a la tarjeta pidiendo en un hilo de voz el teléfono del prestador 34285798.

Marqué con dedos temblorosos, con miedo y bronca a la vez cuando del otro lado un vozarrón de hombre respondió diciendo: La casa del amortiguador, buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarla?

¡Quién me quita lo bailado!

Ya hace más de tres años que vivo en el geriátrico.

Me llevaron engañado, caí como un chorlito. ¿Qué me iba a imaginar yo que esa casona vieja y descascarada en Lomas de Zamora no era la casa del tío Alejandro donde nos esperaban para festejar su cumpleaños?

Lo cierto es que en el momento me entró la duda, porque el tío Alejandro me llevaba como veinte años y yo tengo 83, pero al ver todos esos amigos que parecían de más cien cada uno no pude hacer otra cosa que admirar su poder de convocatoria.

En el momento en que entró la señorita vestida de enfermera, mi hija me dijo que se trataba de una fiesta de disfraces que el tío nos había preparado especialmente, y que le siguiera la corriente. Obediente, me dejé guiar hasta uno de los dormitorios de la casa, me desvestí para hacer de paciente y jugamos a que me tomaba la presión, pero ni bien le pedí de invertir los roles me sacó carpiendo.

Cuando me quise dar cuenta, mi hija ya se había ido y el tío Alejandro no apareció nunca a soplar las velitas.

Me terminé encariñando con todos, tanto que pasaron a ser mi familia, porque lo que es mi gente, si te he visto no me acuerdo, y como siempre me gustó jugar a las damas chinas y tengo bastante suerte con el bingo anduve de lo más entretenido.  

Pero lo de hoy fue realmente fuera de serie. Un muchacho de campera de cuero y pantalones ajustados se presentó en la oficina del director y por la puerta de vidrio vi que me señalaba. Creí reconocer al Antonito, el nieto de mi hermana Juana, me pareció raro verlo, pero ni bien mencionó que íbamos a dar una vuelta en moto lo abracé tiernamente, me puse el casco y subí grácilmente a la Honda negra que nos esperaba en la vereda.

Bajamos en la esquina de España y Gorriti y me invitó una coca y un tostado en el bar de la cuadra donde me pidió ayuda para sorprender a un amigo suyo que trabaja en una inmobiliaria a pocos metros de allí. Lo único que debía hacer yo era sacar un .38 sin balas (recalcó), y me lo deslizó disimuladamente debajo de la servilleta. Mientras tanto él entraría como un héroe para salvarlo del supuesto malhechor que era yo.

Lo vi alejarse en la Honda con el bolso cruzado en la espalda y al rato llegó la policía, pero ¡quién me quita lo bailado!

¡Clemencia!

Me despertó un griterío terrible, ¿qué sería todo ese barullo? Abrí un ojo, ¿qué le había pasado a mi cama que se me hacía tan dura? Sin embargo, las sábanas tenían una textura distinta a la de siempre, mi piel se deslizaba con mucha suavidad por algo que podría ser satén o quizás seda. Algo dentro mío me llevó a bajarme de la cama, como en automático, y fui caminando por el cuarto que tampoco reconocí. Pero ¿qué decorador se metió con mi dormitorio y con mis muebles estilo minimalista? Intenté hacer memoria, pero no recordaba haber hecho cambios en lo inmediato. Una cómoda de estilo español del siglo XIX y un tocador haciendo juego con su banqueta tapizada en terciopelo bordó dominaban la habitación. Nuevamente sentí un tironeo, como si alguien me obligara a sentarme de golpe.

¡Mamita querida, casi me muero cuando me vi en el espejo!  Si no era yo, o sí era yo, pero no yo con mi pelo rubio y mis ojos verdes, sino una joven de piel color oliva y cabello y ojos castaños. Sin quererlo empecé a peinarme, con destreza me recogí el pelo en un rodete dejando dos pequeños bucles a los costados de las orejas y me dirigí a un ropero enorme en el otro extremo de la estancia de donde descolgué un vestido rojo como la sangre, dispuesto entre otro montón de vestidos largos.

Mi intención era acercarme a la puerta para ver a qué se debía tanto alboroto, pero no lograba dominar mis movimientos, porque ella, la otra, me manipulaba como una marioneta. Con costumbres muy distintas a las mías se aseaba prolijamente. Humedecía el pañuelo bordado en el agua de una jofaina de porcelana de flores rosadas y se lo pasaba una y otra vez por todo el cuerpo. De pronto, una voz extraña recorrió mis cuerdas vocales llamando a una tal Dominga para que trajera un miriñaque. Asumí que era la criada por mi tono de mando y la rapidez con que una mujer de tez morena irrumpió con el artefacto y terminaron de vestirme entre las dos ciñéndome la cintura tan pero tan fuerte que estuve a punto desmayarme por la falta de aire.

Cuando por fin terminaron con lo que parecía un ritual, aproveché a que me sentaron de nuevo ante el espejo para ver si podía identificar al personaje. Hice memoria, porque esa imagen yo la tenía de algún lado, y justo ahí me cayó la ficha. Dos más dos cuatro, la pintura del Bellas Artes, Prilidiano Pueyrredón, Manuelita Rosas. ¡A la pipetuá! La otra era yo y yo era Manuelita. ¡Diosito mío, si yo siempre quise saber lo que pasaba por la croqueta de esta mina!, qué vida interesante, y a la vez qué dicotomía. Porque por un lado bondadosa y compasiva, pero por el otro idolatrar a ese reverendo hijo de su madre, en fin. Traté de preguntarle, ché Manu, qué onda, vos de tertulia en tertulia y a tu lado la muerte también estaba de fiesta, ¿cómo te caían los canapés?

Ahí entendí el porqué de tanto quilombo en el pasillo, afuera estaba la Mazorca. Con pasitos delicados como los de una geisha la vi salir por la puerta de madera maciza. Un flaco barbudo con pinta de que lo habían estado torturando un ratito antes la miró con ojos suplicantes, sentí que me estremecía, no sé si la otra o si fui yo, pero creo que reconocimos a un amigo porque se nos piantó un lagrimón.

Salimos, ella y yo al inmenso jardín, ¡qué impactante, ese lago, esa arboleda! Fuimos juntas hasta un aromo frondoso, se ve que era agosto porque estaba completamente florecido. A su sombra estaba él, el Restaurador, el Tirano, y yo tan cerca de sus ojos tan celestes como crueles, de esos labios finos que parecían incapaces de hablar de amor. Y me incliné, se inclinó, nos inclinamos y pude casi rozar su patilla rubia. Ella susurró algo, Tatita, clemencia…

Y fue justo en ese instante que volví a ser yo, de jogging y zapatillas en la esquina de Sarmiento y Libertador tratando de reaccionar a la pregunta del enfermero del SAME, ¿Señora volvió?

Estación espacial

Hace más de seis meses que estoy varado en esta estación espacial de morondanga y ya no me aguanto más.
Se suponía que estaría solamente un par de meses verificando las probabilidades de vida en Saturno, pero mi nave chocó con un meteorito y mi vida quedó regulando en la órbita intergaláctica.


Ya estoy re podrido de alimentarme a base de píldoras mágicas, se me antoja una pupusa gordita y sabrosona y hurgando en las provisiones de la estación lo único que encontré son pellets proteicos con sabor a ananá. Nunca entenderé por qué le ponen gusto a fruta si en las encuestas de la NASA yo marco pollo.


Para colmo de males, por culpa del golpe, el robot que me pusieron de compañero de viaje se descompuso y repite siempre la misma frase: “Es hora de tomar tu baño semanal”. ¡Pero no te das cuenta de que el agua acá está racionada y ya llevo como medio año con olor a chivo!


Lo peor de todo es que ahora no es como antes que estabas incomunicado y nadie te rompía los esquemas. Desde que nos dieron esos teléfonos satelitales, la bruja llama todos los días preguntando: ¿Y cuándo volvés? ¡No ves que estoy en casa sola con el chiquito siempre con mocos, y vos allá papando moscas haciéndote el importante!. ¿No te dije que el 12 de junio tenemos el casamiento del hijo de mi hermana? ¡Si no venís te mato, siempre parezco la viuda negra! Y a mi qué me importa que el retardado ese haya conseguido casarse, si siempre fue un malcriado que lo único que sabe hacer es jugar a la Play.


También ¡A quién se le ocurre mandar una circular a los familiares festejando el hito en comunicaciones! ¿y si resulta que querías estar tranquilo? Porque cuando elegí la profesión de astronauta esta era una de las cosas que pesaban a favor en la balanza, no tener que escuchar ningún reproche ni tener que dar explicaciones a nadie de lo que hago o dejo de hacer. Y menos que menos responder a una súplica, que todos saben que soy blandito y no digo nunca que no a nada.


En fin, me voy a peinar que en 5 minutos salgo al aire en Univisión.

Soñar no cuesta nada

Una selección de diálogos inspirados a partir del disparador de Lugares Comunes del taller de escritura de Fernando Sánchez Sorondo. Que los disfruten.

– Mirá Ernesto, el no ya lo tenés, tiráte a la pileta, no seas zonzo.

– Y bueno Margarita, lo que pasa es que yo ya estoy viejo

– Dejáte de embromar, viejos son los trapos, decíle que la querés y listo, ¿sabés cuántas mujeres querrían estar en su lugar? Además Susana tampoco es una piba que digamos.

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– ¿Que le dijiste qué? Me pusiste en un compromiso Margarita, para mi eso de billetera mata galán no está bien visto, ¿vos registraste la trucha que tiene?, es horrible

– ¡Pero bajate de la moto querida! ¿Quién te creés que sos, la reina de Saba? ¡Probá y listo!

– ¡Para pruebas está el circo!, yo ni loca salgo con ese adefesio, la realidad es la realidad, está pelado, se le cae la barriga y encima es aburridísimo.

– Te guste o no te guste yo ya lo entusiasmé, Susana. El tipo está re embalado así que manejálo cómo puedas.

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– Susana, hace tiempo que estoy que no duermo, que no como nada, camino por las paredes, ¿querés ser mi novia?

– Pero Ernesto, bajáte de la palmera, ¿vos te pensás que yo estoy para esos trotes?

– Si no somos nada Susana, hoy estamos y mañana quién sabe, disfrutemos la vida que de lo único que estamos seguros es de que un día nos vamos a morir.

– Por eso mismo Ernesto, ¿te parece que me pase los últimos años de mi vida cuidando tu gota? . Ernesto…, estás llorando? Ah no querido, a llorar a la iglesia.

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– Susana estuviste brava, no podés ser tan directa, pobre hombre salió del bar y le dio un patatús, ¡no se gana para sustos!

– Qué va a hacer no era mi momento, yo solo dije lo que pensaba.

– Pobre Ernesto, soñar no cuesta nada, pero a veces te sale el tiro por la culata.

Negadora

-No llegué, se me hizo tarde, disculpáme.
Claro estabas en el bar del club como siempre un whisky atrás de otro y se te pasa lo más
importante solamente vos mi vida no entiendo nada no eras así cuando nos conocimos bah muy puntual no fuiste nunca pero de ahí a dejarme de plantón ahora que lo pienso grave grave lo que se dice grave una sola cuando me quedé esperándote toda la noche en el restaurante para festejar nuestro aniversario de novios porque cuando se murió mamá y vos estabas en gira de golf por Miami mandaste a Javier para sostenerme que sino seguramente lo nuestro se iba todo al diablo y esa vez que te fuiste a esquiar a Bariloche y yo tenía que firmar el contrato de alquiler de nuestro primerdepartamento si no fuera por Adolfo que se ofreció de escribano ya no estábamos juntos te aclaro pero esto ya es el colmo Armando olvidarte de la ecografía del segundo mes de nuestro bebé por culpa de esa ronda de póker con tus amigotes mirá te perdono sólo porque llamaste a tu primo
Cacho que vino a hacerme compañía y me ayudó a limpiar el gel.

Las amigas

Se hicieron amigas de grandes. A una le decían Paca, apodo común de muchas Franciscas, y a la otra le decían Tuca, diminutivo de ¨pituca¨, porque era tan elegante…, y porque su familia había tenido campo en la provincia de Buenos Aires y hablaba con esa tonada tan particular de la gente bien.

Las había presentado una compañera del bridge y desde que se conocieron eran una pareja inseparable.

El grupo se reunía martes y jueves y hacían torneos que tenían sede rotativa, cada semana en una casa diferente. Duraban desde el mediodía hasta bien entrada la tarde y ¨las chicas¨ salían entonaditas y con olor a humo, porque a pesar de haber pasado los setenta a todas les gustaba el whisky y el cigarrillo.

De las grandes extensiones de campo a Tuca le había quedado apenas unos centenares de hectáreas en Tandil, donde sus hijos se dedicaban a la cría de animales. El lugar era muy pintoresco, en medio de quebrados, con una laguna que en julio se cubría de hielo y varios rincones soñados para recorrer y entretenerse. Allí pasaba vacaciones de invierno y de verano con ellos y con sus nietos, que la amaban sin medida porque era de esas abuelas fuera de serie, que contaba historias de su abuelo de la época de Rosas, los dejaba tomar un vasito de vino en las comidas y todavía montaba a caballo para plegarse a las travesías hasta el monte de álamos con toda la primada.

Por sugerencia de uno de los hijos, Tuca invitó a Paca a Tandil a pasar un fin de semana largo.

– ¿Por qué no te la traés a Paca? ¡A fin de cuentas, siempre andan juntas y vos te llevás tan bien!

-Y sí, la verdad es que la quiero como a tu tía, que en paz descanse.

Así fue que llegaron a El Pajonal sobre el mediodía y después de instalarse ya salieron del brazo a caminar.

Como la casa estaba en medio de la sierra, las comunicaciones fallaban. Para lograr mejorar la señal el módem se encontraba en una elevación más cerca de la antena, adentro del galpón que hacía las veces de monturero.

Tuca acompañó a Paca hablar con su familia para avisar que había llegado bien, pero al abrir la puerta del galpón, ésta se desprendió de la bisagra y cayó de lleno sobre la pierna de la invitada.

De más está decir que corrieron todos al hospital de la ciudad y de allí partieron como los bomberos a Buenos Aires con Paca enyesada desde el pie hasta la ingle.

Al martes siguiente, Paca se excusó por no asistir a la partida de bridge y Tuca la encontró algo distante en el teléfono.

Cuando Tuca volvió a su casa se encontró con la carta documento. La demanda era millonaria.

Inspiración

Nunca había estado tan inspirado. Al dormirme los pensamientos se agolpaban en mi materia gris formando constelaciones de ideas brillantes y me levantaba antes de que amaneciera para escribir sensaciones y sentimientos que serían la base de mi primer gran libro.

La lectura sin duda había ayudado, y mucho, porque como bien lo dijo Georgie, ¨para ser un escritor hay que ser un buen lector¨. De ahí que mi libreta ya estaba completa, con flechas que salían hacia abajo y hacia arriba. En los márgenes una serie de anotaciones algo ilegibles y uno que otro post it para resaltar esa maravillosa frase con la que iba rematar cada capítulo.

Los párrafos iban desfilando de día y de noche, entre autores clásicos y modernos se encendía algún concepto innovador y sorprendente.

En ese largo año que estuve pergeñando mi gran obra sentí cómo las musas iluminaban mis textos, ninguna faltaba a la cita, pues cuando no se presentaban en mi mesa de trabajo, lo hacían subrepticiamente en esos pocos momentos de descanso de mi psique. Materializados en sueños a veces, o en una especie de duermevela en otros casos, fluidamente, se iban concatenando letras con palabras, palabras con frases, frases con capítulos hasta completar las cuatrocientas cincuenta páginas de ese título que presenté orgulloso en el concurso literario del diario Clarín.

Esperaba al menos, una mención que no pudo ser. A pesar de ese miembro del jurado que me hizo su devolución por privado parafraseando a Jonson, ¨su libro es bueno y original, pero la parte que es buena no es original y la parte que es original no es buena¨, seguiré intentándolo.

La reunión

Me preparé meticulosamente para la reunión de aquel día. Ensayé el vestido negro, ese que usaba sólo en ocasiones especiales, pero me pareció poco como para el encuentro tan esperado. Si iba a verme frente a frente con un colega como Martínez debía lucir bien, no necesariamente una diva, pero sí acorde a lo que creía ser, una mujer inteligente y aplomada. Según había leído, él era además de escritor, matemático y muy avezado en el pensamiento filosófico. Completé el look con un chal bordado que traje de mi última vez en Vietnam, me maquillé discretamente y sonreí con aprobación al verme en el espejo. Ahora sí podría desplegar la batería de preguntas que había preparado, y me sentiría más segura al momento de aguzar mi intelecto para el ping pong que, inevitablemente, se daría entre ese grupo implacable de escritores al que pertenecía. Al alcanzar la puerta de calle recordé que debía llevar una bebida como contribución, además de los pesos que ya había transferido con diligencia la semana anterior. Volví sobre mis pasos hasta la cocina y, además del vino de una buena bodega que me habían recomendado, elegí también cuidadosamente la bolsa, no debía ser plástica de las que te dan en los supermercados, pues cada pequeño detalle habla de uno.

Tomé un taxi hasta la la torre del barrio de Palermo donde estaba previsto el evento, llegaba un poco tarde y subir a ese piso tan alto en un ascensor tan lento me pareció una eternidad. Toqué el timbre y me recibió la empleada que tomó mi bolsa y me hizo subir un piso por la escalera de mármol donde seguramente estarían ya todos acomodados. Antes de entrar, sospeché que algo en mi calendario habría fallado, ya que encontré a la dueña de casa en plena venta de no sé qué tejidos a unas extranjeras. Ella me miró y estalló en una carcajada despiadada, el encuentro con Martínez había sido el día anterior. Me acompañó hasta la salida y partí sin consuelo y también sin mi vino.

Padrinos

Tomamos posesión del campo que pensábamos alquilar por un año una tarde de diciembre de mucho calor. Nos presentaron a los caseros, un matrimonio muy simpático; él, cuarentón, bien paisano, de boina, bombachas y rastra. Ella de unos treinta y tantos empulpadita y con un hijo adolescente.


No pasó siquiera un mes desde que llegáramos a nuestro nuevo remanso que se presentó la primera sorpresa. Rufina (así se llamaba ella) salió de urgencia a la salita en plena madrugada con un fuerte dolor abdominal y el episodio terminó en un parto que nadie esperaba.


El cómo y el por qué de ese nacimiento es asunto de otra historia. El hecho es que allí nació Rosaflor, una niñita de tres kilos y medio, de mirada dulce y ojitos achinados.


La segunda sorpresa fue cuando nos eligieron padrinos, lo cual para nosotros no era un asunto para tomar a la ligera. Si es que al cabo de un año ya no estaríamos más por ese lugar, ocuparnos de la chiquita nos iba a resultar algo difícil.


Mi marido me convenció argumentando que seguramente no tendrían parientes, porque según nos habían dicho eran de la provincia de Misiones.


Accedí un poco porque no supe qué decir y otro poco porque me dio pena que estuvieran tan solos y, con el gran día, llegó también la tercera sorpresa.

En la puerta de la capilla del pueblo nos esperaban los cinco hermanos de él y las siete hermanas de ella con sus respectivas parejas. Más los padres, sobrinos, y amigos de la familia de Rosaflor llenamos las primeras diez hileras de bancos frente al altar.

Sorpresas rurales

Era una tarde soleada de enero. Los pajaros hacían burla del tórrido verano entreverados en las copas de los árboles.

Ella sintió un fuerte dolor de vientre, tanto, que no pudo ahogar un grito de pena. Sus hijos ya adolescentes se miraron y decidieron buscar al padre que había salido de madrugada a trabajar en el campo.

Por suerte no se había alejado mucho, porque el desperfecto de un molino cercano a la casa, le había llevado más tiempo que de costumbre hasta que pudo dejarlo andando.

Ellos la ayudaron a subirse a la camioneta mientras se retorcía entre  cólicos inclementes sujetando su barriga.

Ella pensó en los dolores de parto sufridos más de diez años atrás y se alegró de haber terminado con la procreación. El paso por el bisturí había limpiado sus ovarios y, a pesar de su juventud, ya no menstruaba hacía un año y medio.

El marido la dejó en la puerta de la salita en manos de un enfermero mientras dejaba la chata en el estacionamiento improvisado entre dos caballetes.

Al entrar sintió la voz de alguien llamando al padre de una criatura recién nacida y oyó los llantos de un bebé de fondo, pero no les dio importancia.

Después de largos minutos de escuchar los gritos pelados, miró a su alrededor pero sólo vio mujeres.

Una de ellas lo miró fijo y le dijo:

-¿Usted vino con la embarazada?

-No, eran sólo cólicos

-Pues parece que su cólico necesita un chupete.

Pensar antes de actuar (por María Rosa Senet)

No soy de las que revisan cartas, celulares o bolsillos. Prefiero no enterarme. Pero me enteré. Una mujer me lo contó, con pelos y señales. Nombres, lugares, direcciones, fechas, horarios. Sabía todo la muy vengativa. Porque la odiaba a la mujer ésa. Y la vigiló, o la hizo vigilar, no sé. Rápidamente me dí cuenta de que esa otra se lo había sacado a ella .Lo intuí, o lo deduje, no me acuerdo. Así que tenía ante mis ojos la presencia asombrosa de dos amantes de mi marido. La antigua y despechada, y la actual y secreta. Las dos eran bastante agradables y más jóvenes que yo, pero les aseguro que no eran ni bellezas deslumbrantes ni extraordinarias personas. En cuanto al nivel intelectual de ambas, no creo que superaran la tabla del uno o la lectura de Para Tí.

Al principio lo tomé con mucha calma. Le agradecí los datos a la fulana que me los contaba, que temblaba de cólera, sobre todo al verme impasible y nada alterada.

– ¿Y vas a dejar las cosas así ?-me dijo indignada.

-¿Qué gano haciendo un lío?- le contesté, y con parte de la maldad que tengo y nadie conoce agregué: 

– Sé que te vas a ir muy desilusionada si no les armo un escándalo a los dos, o me divorcio, o lo agredo a él y le hago la vida imposible. Pero yo sé muy bien qué tengo que hacer.

– No tenés amor propio, sos un felpudo- me dijo la bruja.

– Pero ¿qué te pasa a vos? ¿Estás muy interesada en que castigue a ambos? ¿Por qué? ¿Qué te han hecho? (Esto último lo dije con cara de descerebrada total) Y ví con alegría que se ponía violeta de furia, se fué dando un portazo. Pobre mina. Le arruiné la venganza. Un tanto a mi favor. Ahora tenía que ver cómo me las arreglaba con el otro asunto. Decidí averiguar más sobre quién era ella. A mi marido, ni «mu». Elemental. Esa noche nos reímos mucho en la comida, y después dormimos cucharita como hacemos siempre que hace frío.

Al día siguiente me aboqué a la búsqueda profunda de vida y milagros de la señora en cuestión. Sabía que se llamaba Agustina tal y tal, y no mucho más. Pero discretos contactos con varias personas me dieron el perfil de mi competidora en lo sexual. Tal y como había pensado con los pocos datos que tenía de antes, no valía ni diez centavos y mucho menos una pataleta con el señor que me daba una espléndida vida y pagaba todas mis cuentas. Después de años de casados, a esta altura del partido me importaba tres carámbanos dónde metía el pito, siempre que no fuera una competencia seria que me dejara a mí en la lona.

Pensé y pensé. Finalmente, después de desechar decenas de variantes y opciones, me quedé con sólo dos:

                        a) Convertir su casa en un paraíso imposible de dejar por lo cómodo, atractivo y entretenido.

                         b) Reforzarme sexualmente y aprender trucos.

                       Lo primero lo encaré rápidamente. Ese fin de semana le propuse armar con sus amigos un pequeño pero selecto club de truco en casa. Les cuento que le encanta jugar al truco, desde muy chico aprendió con los peones del campo, y ahora lo juega con paquetísimos señores. Salvo, (supongo), cuando me dice que va a jugar al club o a lo de tal, y en realidad se encuentra con Agustina. Vaciló un poco en contestarme, porque se le iba la coartada al pozo, pero al fin de cuentas hay muchas otras maneras de conseguir espacios libres. Y yo le conté que ya había visto tres mesas de juego y doce sillas (mentira, las buscaría si aceptaba), que les prepararía un té y luego un trago estupendo, que los doce podían ir rotando o faltar por otros compromisos, y bla bla bla. Se lo vendí entero y al contado, con luces especiales para jugar y una pizarra para anotar campeonatos . Le fué imposible decir que no, le brillaban los ojitos llenos de entusiasmo de sólo pensar en los salamines y el vale cuatro, los porotos sobre el paño verde y el falta envido.

En cuanto al segundo tema, llamé a un íntimo amigo mío, que fuera novio en mi infancia y compinche en mi adolescencia, con quien teníamos un acuerdo tácito total sobre un montón de cosas, incluso las que ustedes pueden imaginarse. Le dije que necesitaba hacer un curso con lecciones de alguna muy buena maestra. Cuando se enteró de qué eran las lecciones, casi se cae de la silla de risa. Quería que me pusiera en contacto con alguna de las chicas que recomendaban los concierges de los hoteles Alvear, o Plaza, o Hilton. Lo mejor de lo mejor, según su vasta experiencia y la de los concierges respectivos. Me lo prometió, y pocos días después estaba en casa de Sonia, una rubia espectacular que se ayudaba con esas tareas para pagar su carrera de Filosofía y Letras. Era una chica encantadora, pautamos varias clases y lo pasamos bomba y muertas de risa mientras me daba clases teóricas y prácticas. Incluso me hizo comprar algunos juguetes sumamente ingeniosos, y me conectó con un importador que traía las últimas novedades de Europa y los Estados Unidos. Ni les cuento mi asombro: el ingenio humano no tiene fin, al menos en ese rubro. Me reproché con dureza que no se me hubiera ocurrido antes hacer algo tan simple como indagar para el placer mutuo.

Poco a poco, (por consejo de mi maestra), fuí introduciendo las novedades en la cama sagrada de los sábados, que ya andaba tecleando a sábado por medio y créase o no empezaron a salir del almanaque otros días olvidados: los domingos, los miércoles y qué les cuento. Además mi mentora me había dado unas pequeñas pastillas de aspecto inofensivo, que yo disolvía cuidadosamente en el whisky, el café o la copa de vino que precedía todo el tejemaneje.

Excuso decirles que la tal Agustina desapareció, de a poco, pero se hizo humo, y como beneficio secundario de mi táctica yo también lo empecé a pasar fabulosamente bien. Y ya no me hizo falta recurrir a algunos amigos de mi juventud, como hacía antes, cuando la ansiedad se volvía insoportable y el mundo era un lugar vacío de saludables entretenimientos.

Sonrisas

A pesar de las botas de ski caminaban con el mismo glam que en las avenidas de Buenos Aires. A la mañana temprano se lookearon, intercambiando anteojos de sol, guantes y bufandas como si fueran collares y pañuelos de Hérmès.

Llegando a la aerosilla tuvieron que separarse porque el número impar les impedía subir a las tres juntas.

A ella le tocó de compañero de vuelo un chico alto y simpático. Las modernas tablas Rossignol delataban que tenía varias temporadas encima. La mayor parte de su cara estaba cubierta por el gorro y el cuello polar y una sonrisa franca era el único rasgo visible debajo de las antiparras.

En el trayecto él habló de cómo había llegado al cerro con sus amigos y los buenos tragos que preparaban en la base. Ella le contó del restaurante del km 10 que habían conocido la noche anterior y deslizó como sin querer el nombre de su hotel y el número de habitación. Naturalmente, él la invitó a encontrarse y tomar algo cuando bajaran a la tarde después de que cerraran los medios de elevación y descendió a toda velocidad sin dejarla pensar demasiado.

A las seis menos cuarto entró al boliche y lo vio acodado en la barra. Ella le sonrió como si lo conociera desde siempre y él le correspondió haciendo un gesto con la mano para que se acercara.

Hablaron de la vida como una hora y media. Él tomaba cerveza, en vez del superador Tom Collins que tanto le había ponderado en la silla, pero a ella no le importó. Al levantarse pagaron a la americana sin quedar en nada.

Al llegar al cuarto sus amigas le contaron del chico alto y buen mozo que pasó por el hotel preguntándoles por qué ella lo habría plantado. 

Año de Reyes

Este fin de año recibí un golpe bajo, el bicho me rompió el invicto y me desmoralizó de tal manera que no quise despedir a 2021 para no dar la bienvenida a este 2022 enfermo.

Pero a fin de cuentas 2021 tuvo unos pocos deslices así que después, de pensarlo un poco, decidí comenzar por agradecer.

Arrancamos el año adoptando una vida campestre, y aunque ya teníamos un perro llegó el segundo que completó la familia.

Los logros fueron muchos:

Cumplimos 25 años de casados y renovamos nuestras promesas en una ceremonia de lo más linda. Y aunque ganó el cabotaje pudimos celebrarlo con un viaje único. Hicimos cumbre en el cerro El Leoncito a 2500m sobre el nivel del mar, juntos.

Mis hijos mi mayor orgullo, son unos valientes. Guada recibió su título, Horacito se dió cuenta de que no quería ser abogado jugándose a pleno por el cambio y Cande compuso y cantó como nunca antes había visto.

Fue mágico habernos podido escapar a Ushuaia y divertirnos en familia como hacía rato no lo hacíamos.

Inicié este blog, Los Cuentos de Inés, y terminé de montar mi primer mural en mosaico con mi entrañable amiga Loli.

Pude viajar a Boquerón nada menos que con Connie, después de 2 años sin visitar a las teleras que, increiblemente crecieron un 400%.

Disfruté con mis amigas un cumpleaños a puro campo, quedando en el olvido el festejo por zoom 2020. Además tuve la suerte de haber ido a Mendoza de viaje de egresada y pasar momentos imborrables con mi grupo hermoso.

Tuve la gracia de compartir muchos almuerzos con mi mamá y sigo agradeciendo todos los días tenerla conmigo.

Agradezco también que mi hermano zafó por un pelo del covid y que la familia se mantuvo unida.

Horacio me enseñó que un tropezón no es caída y el capo se recuperó de la quebradura de tibia y peroné mucho más rápido de lo que pensábamos gracias a su perseverancia y constancia.

El 24 nos aislamos en el campito nuevo, agradezco esos momentos en familia todavía gozando de buena salud y también el brindis de nochevieja en el balcón de casa.

2022, ahora que despedí a tu predecesor me toca darte la bienvenida.

Eso sí empecemos a contar desde el  6 de enero. Ese día, los Reyes Magos me traerán el alta.

Pixi

De chica yo tenía una perrita raza ter-bal (terreno baldío). Se llamaba Pixiútica, pero en su versión abreviada le decíamos Pixi. Era muy inteligente, paseaba sin correa y se daba cuenta cuando íbamos a someterla a algún pinchazo en la veterinaria porque caminábamos una cuadra más allá de la plaza. Cuando viajábamos en auto le teníamos que dar Dramamine para que no vomitara, pero como no le gustaba su sabor amargo la descubría siempre, y se comía el queso o el dulce de leche dejando la pastilla limpita a un costado.

Pixi sabía que antes de salir con ella yo buscaba la cadena (que nunca le ponía al cuello) y venía a mi encuentro del mejor de los humores. Pero también detectaba mejor que nadie cuándo la íbamos a dejar sola, a la intemperie por supuesto. El simple movimiento de los miembros de la casa indicaba que ella debía esconderse debajo de una cama para quedar estratégicamente adentro.

Mi experiencia perruna actual derivada de los efectos de la cuarentena fue bastante diferente, empezando porque nuestrosnuevos amigos son ejemplares más sofisticados, un viszla y un border collie. Este fue el primer indicio de que vivimos otros tiempos, porque mi marido no quiso saber nada de adoptar un pichicho callejero. El segundo fue la introducción en la casa de una tercera raza llamada entrenador, adiestrador o educador canino. Estas tres terminologías tienen sus sutiles diferencias pero los resultados a los que arriba el dueño del perro son bastante similares.

El entrenador fija la atención en dominar a su súbdito de cuatro patas, con órdenes cortas y precisas. El adiestrador también, pero busca un estímulo adicional para poder doblegarlo, lo distrae con silbatos y golpeteos. El educador en cambio, es una máquina de embuchar bocaditos. Completa su atuendo con un morral de donde salen cualquier cantidad de alimentos, porque cuando el animal no responde a la carne vacuna, le tira un pollito y sino le presenta unos tentadores trocitos de salchicha hasta que, si esto tampoco da resultado, terminar con la irresistible carne de hígado. Confieso que todavía estoy penando entre el marcado territorial y los tironeos y no me decido si usar collar común, de ahorque o haltie y ya van más de 6 meses de colaborar con las arcas de los «domadores».

Lo único que sé es que nadie supera en inteligencia a mi perrita Pixi, que nunca hizo pipí en la alfombra ni necesitó una presa para descargar tensiones. Se murió de puro vieja, disfrutando de la comida humana, sin croquetitas de alimento balanceado, ni el horrible pensamiento de que pudiera terminar diabética por exceso de dulces.

Las maestras – Un cuento de Horacio Senet

Sucedió a principios de la década de los 60’, y en el fragor de un domingo con elecciones generales en todo el país, una especie de súper feriado, con todo cerrado a piedra y lodo. Viajaba camino a la rotonda de Alpargatas, en el cruce de las rutas nacional número dos y la ruta a La Plata, con el camión lleno hasta las narices de bolsas de papas, y cuatro bidones de veinte litros llenos con gasoil prolijamente estibados detrás de la cabina, por si estaban cerradas las estaciones de servicio y no hubiera lugar alguno dónde repostar combustible.

Por si acaso, también llevaba provisiones de boca: sándwiches de milanesa, chocolate, galletitas y agua mineral. Sería difícil conseguir dónde comer o comprar algo. El patrón le había ordenado a mi compañero que me esperara con un equipo de emergencia semejante en el camión vacío de relevo, para regresar a General Madariaga. Haríamos el cambio como siempre, en la rotonda de Alpargatas. Yo volvería con el camión vacío y él entraría al tráfico endemoniado de la ciudad, hasta el mercado. El jefe necesitaba que el lunes a primera hora se estuvieran descargando sus papas. Era una ocasión comercial imperdible: le aseguraban un quince por ciento más en el precio, que para las treinta y cinco toneladas de papas que cargábamos, era mucha plata.

Así que, elecciones o no, allá iba roncando a todo vapor por las rutas del sur. Con directivas tajantes: nada de ahorrar combustible, acelerador a fondo y tomar todos los atajos posibles. El tiempo era realmente oro, contante y sonante.

Pasando la ciudad-pueblo de Castelli, por el kilómetro ciento setenta de la Ruta Nacional dos, me hicieron dedo dos maestras, de guardapolvos blancos y portafolios. Por hábito y precaución nunca quise levantar a ninguna de las muchas personas que hacían dedo en la ruta – en especial jóvenes mochileros en época de vacaciones. Solamente alzaba policías y maestras, porque uno sabe los sueldos miserables que ganan y si tienen que pagar los boletos de los micros, no les alcanza ni para vivir a polenta todo el mes. Los choferes de los micros también lo saben, y son tipos gauchos y solidarios, pero hay inspectores volantes que trabajan sus rutas comerciales y en cualquier momento, suben, hacen una inspección sorpresiva, y si hay pasajeros sin boleto, los tripulantes son sancionados, así que no pueden arriesgarse a subir a nadie gratis.

¿Pero qué hacían dos maestras de guardapolvo en la ruta pidiendo viajar en un domingo recontra feriado? Por costumbre, hice señas con las luces, aunque la ruta estaba desierta en ambos sentidos, paré y les abrí la puerta para que subieran.

Una vez a bordo, después del saludo de rigor y de asegurarme de que se abrocharan los cinturones de seguridad, arrancamos de nuevo y les pregunté:

“Señoritas, me extraña verlas en la ruta hoy que es feriado. ¿Van a algún evento? Disculpen la curiosidad, pero yo soy profesional de esto, ando siempre en el camino y por costumbre, a los únicos pasajeros que levanto es a maestras y a milicos, que después de un año y pico de andar casi a diario por aquí, conozco a la mayoría.

”Primero se sonrieron, luego largaron una risita y terminaron riéndose a carcajada limpia. La más joven –una guapa moza– me dijo:-

“Mirá que nosotras no somos maestras, sino otra cosa. Vamos hasta el restaurant que está en el kilómetro ciento cuarenta y cinco. ¿Nos llevas igual?”–“Desde luego”-, les contesté. -“Pero si no son maestras ¿por qué andan de guardapolvo?”-

-“Es la única forma de conseguir que alguien nos lleve, porque casi nadie te para en la ruta. Nosotros somos Ruteras, y trabajamos aquí. ¿No estarás interesado, por casualidad?”

-En ese momento caí desde el árbol de mi ingenuidad. Era la primera vez que me topaba con alguna Rutera verdadera, las legendarias prostitutas que trabajan en los caminos y van saltando de vehículo en vehículo, ejerciendo su profesión. Mis amigos camioneros me lo habían comentado muchas veces, pero jamás había tenido un encuentro cercano de este extraño tipo.

-“Gracias chicas, no es que no me gustaría, pero esta carga tiene que llegar a Buenos Aires lo más rápido posible y no puedo detenerme. Pero cuéntenme algo, por favor. Si alguna otra vez ando con tiempo y quiero encontrarme con alguna de ustedes, ¿cómo hago?”-

-“Es muy fácil, muchacho. ¿Vos sos del campo, no es cierto?”-

-“Sí, desde luego.”-

-“¿Y cuál es la época en la que habitualmente nacen los lechones?

”-Me quedé frío y pensé: –“¿Esta fulana me está tomando el pelo? Vamos a seguirle la corriente un poco”-, me dije, y le respondí:-“Por lo general, se trata de que nazcan en primavera, por eso es corriente que haya lechoncitos disponibles para Navidad.

”-Se rio y me dijo:-“Veo que hiciste los deberes y sabés del tema. ¿Nunca te llamó la atención ver que en muchos boliches de la ruta ponen pizarrones con un cartel escrito con tiza que dice “Hay lechón”? ¿Y eso, durante todo el año?”-

-“Tenés razón, los he visto y ahora que me lo decís, me parece raro. ¿Cómo diablos consiguen lechones en pleno invierno? Porque hay algunos restaurantes que tienen siempre esos carteles a la vista.”

-Grandes risas de ambas muchachas. Casi a coro, pero amablemente, me dijeron:

-“Amigo, entérate, por si algún día lo necesitás, que ese cartel que dice “hay lechón”, en realidad significa que alguna de nosotras está en el boliche y trabajando. Así que si te gusta el lechón y tenés ganas de meterle diente, no tenés más que bajar y preguntar en el mostrador. Vas a encontrarte con alguna compañera de nuestra cofradía.”

-Me reí un rato largo y seguimos charlando hasta que llegamos a su destino, donde paré en la banquina y se despidieron de mí con un beso en la mejilla y un cariñoso grito de:

-“Hasta la próxima, paisano.”

-Yo seguí viaje contento de haber develado una incógnita que me había llamado la atención varias veces y también pensando que el mundo está lleno de maestras. Pero no todas enseñan precisamente el abecedario.

Claro que esto ocurrió cincuenta años atrás, cuando los cerdos se criaban “a campo”. Los criaderos actuales producen lechones durante todo el año, así que no se fíen demasiado del cartel “Hay lechón”.

A lo mejor, hay de verdad.

La llamada

Estábamos en el penúltimo año del secundario, ya con ganas de que todo termine y salir del tedio de Aurora para comenzar con el nuevo ritmo de la vida universitaria.

Nuestro curso era el más rebelde que había transitado por el colegio hasta el momento y desde la primaria se vislumbraba que iba a ser difícil la contención. No solo tuvimos episodios de anónimos defenestrando a alguna de nuestras compañeras, sino también conductas que pasaban de las simples travesuras a actos claros de vandalismo perpetrados por niñitas de blancos delantales. Desde el decorado de blancas tiras de papel higiénico pegadas con salivazos en el techo del laboratorio de ciencias a la inconsciencia de arrojar al pozo ciego las botas del plomero que arreglaba la cloaca justo al lado de la barranca de piedra.

Tal vez las promociones que venían delante ostentaban el rigor que les imprimieron tantos años de dictadura, y nosotras seguramente teníamos el sello de la ebullición previa a la democracia con sabor a transgresión y ansias de libertad.

Ese día estaba llegando tarde, corrí hasta el portón negro lo más rápido que pude, y no logré evitar que el portero lo cerrara en mis narices por lo que tuve que volver sobre mis pasos para ingresar por la entrada principal.

Antes de llegar a la puerta crucé a Josefina despidiéndose de su novio, pero me hizo una seña para que entrara, total, todavía le quedaban 15 minutos más antes de que le computaran la falta entera. Era lunes, y en la cuarta hora teníamos examen de matemática de un tema que nadie entendía, en parte por la dispersión generalizada a esa altura del año, pero sobre todo porque el viernes anterior la profesora dejó de explicar a mitad de camino y a modo de represalia cuando voló un tejido de lado a lado del aula. Ni bien sonó el timbre que marcaba el fin del recreo largo, y justo antes de la prueba, la preceptora entró a la clase como una tromba y nos instó a salir ordenadamente. Sin embargo, rompimos filas tan pronto se corrió la voz de emergencia por la evacuación del colegio ante una amenaza de bomba. Las cuatrocientas alumnas corrimos gritando por los pasillos y poca vida le quedó a la escalera de roble después de que la tropilla pasara vertiginosa haciendo retumbar los viejos escalones.

A la salida lo vi. Estaba en la placita de enfrente recostado con desparpajo contra el gomero. Le sonreía a Josefina con un ademán de estar hablando por teléfono imitando el tubo entre el dedo pulgar y el índice y ella lo miraba con fascinación sin poder contener la risa.

Brownie en la tintorería

Era una tarde de verano, de esas en que la ropa se te pega al cuerpo. Llegaba de trabajar y me puse lo más croto que encontré en casa. Remera blanca que contrastaba con mi tono de piel tostado, un par de jeans desteñidos y unas alpargatas con más años que la Patria. Tenía que terminar de desarmar la casa del centro para mudarme al club como hacía todos los años, lo que implicaba dedicarle tiempo a la limpieza, descolgar cortinas, enrollar alfombras y revisar los trajes de Juan para mandar al japonés de la vuelta los que tuvieran manchas.


Con el pelo atado en una colita alta pasé la aspiradora, vacié la heladera y limpié todos los estantes. Saqué los canastos de allá arriba y prolijamente encimé tupper sobre tupper haciendo una torre de comida como para encarar el fin del mundo.


El reflejo del sol de la tarde sobre las fundas claras de los sillones fue la alerta del cierre de la tintorería y salí volando con las dos perchas colgando de mi dedo índice.


La campanita de la puerta sonó detrás de mí y casi sin aliento deposité las prendas sobre el mostrador. Después de inspeccionar rigurosamente las manchas el tintorero me pasó el importe y me preguntó cuánto le iba a dejar de anticipo. Recordé que en el apuro me había dejado la cartera en casa y le dije con seguridad que lo pagaría al retirar. La respuesta me dejó pensando:


-Dígale a su patrón que la próxima vez le de dinero para la seña.

De brownies y chocolates

Recientemente tuve la oportunidad de escuchar una charla Ted donde Angélica Dass, fotógrafa de profesión, contaba cómo se tomó el trabajo de retratar a cuatro mil personas a lo largo del mundo, y clasificar sus tonos de piel tal como lo hace el catálogo Pantone. Encontró que todos son diferentes entre sí, sin distinguir entre ellos ni un solo negro ni un solo blanco. Los que están más familiarizados con el oficio gráfico, saben que el Pantone indica los porcentajes de cyan, magenta, amarillo y negro cuya mezcla conforma la escala completa de colores.

Lo que hizo embarcar a Angélica en este proyecto fue su propia historia de vida que la marcó desde muy pequeña: El primer día de escuela, la maestra les mostró un lápiz rosado presentándolo como “color carne”, y ella, que se sentía tan de carne como el resto de sus amigos, se veía a sí misma de un exquisito color chocolate.

De aquí parte mi relato de varias experiencias vividas por una amiga mía cuya tez es por decirlo de alguna manera tirando al brownie.

Descendiente de una familia aristocrática criolla, propietaria de varias hectáreas de campo en una localidad muy fértil de la provincia de Buenos Aires, con toda una estirpe de antepasados pertenecientes al emblemático Jockey Club, disfrutaba todos los veranos como cualquier hija de socio en las instalaciones de San Isidro.

Así estaba ella retozando en las cristalinas aguas, nadando cual sirena, cuando un señor gritó desgañitado:

-¡Qué hace esa negra en la pileta!

Más allá de lo que propone Angélica de redefinir la narrativa para evitar la discriminación y aprender de la diversidad, el tema de los colores es bastante más profundo, y tiene implicancias sociales que trascienden el simple plano del discurso.

Siguiendo el hilo de las vivencias de mi amiga, contaba que un día determinado se encontraba en la puerta de su casa en el coqueto barrio de Palermo pasando un trapito al parabrisas de su auto, cuando alguien se le arrimó y le preguntó

-Disculpame… si todavía están lavando te traigo el coche.

Termino con la imagen de una noche de otoño, al regreso de un día agotador, los cuatro críos chiquitos, en escalera prendidos a los pantalones de mi amiga, esperando el semáforo para cruzar la avenida del Libertador antes de llegar exhaustos a casa. Observando la escena, un buen samaritano la mira con cara de condescendencia y sentimiento de culpa al tiempo que le dice:

-Perdoname, no tengo monedas.

La fuga

Como siempre llegó julio, y con él mi cumpleaños. Entre ramos de flores, bombones de chocolate y algo de ropa chic de las casas que más me gustan, recibí la invitación de un día de SPA para dos personas.

El sobre tornasolado por fuera y por dentro el tarjetón escrito en letras ondulantemente doradas indicaba que nos esperaban a partir de las nueve de la mañana para disfrutar de un desayuno saludable y a continuación una serie de tratamientos relajantes entre los que se podía elegir desde masajes descontracturantes, drenaje linfático,  sesiones de limpieza facial profunda con colágeno antiestrés y la famosa fangoterapia.

Me ocupé de reservar un turno para esa  misma semana, y después de barajar opciones se me ocurrió elegir de compañero de aguas a Rolando, un amigo con derecho a roce que me estaba cortejando en ese entonces. Rolando, aceptó casi instantáneamente pensando en un encuentro sensual, los dos semidesnudos en una piscina termal cristalina… la idea lo llenó de entusiasmo.

Al entrar al spa nos recibieron con una bata de tohalla y pasamos a un salón íntimo. El desayuno saludable consistía en unas tostadas de salvado con queso crema, kéfir probiótico con arándanos frescos, cereales con leche, y una compota natural de ciruelas y orejones. Una gran jarra de jugo de naranja recién exprimido ocupaba el centro de la mesa junto a la fuente de frutos secos y pasas de uva.

Yo que habitualmente tomo un tecito bebido con dos galletitas de agua estaba encantada con la novedad y a Rolando le brillaban los ojos mientras su mirada se paseaba de mi escote a mis muslos. Cuando no quedó nada sobre el mantel nos separamos. Rolando se dirigió al gabinete de masaje descontracturante mientras que yo entré al vestuario de damas donde me dieron una diminuta tanga descartable quedando lista para el tratamiento de fangoterapia.

Me recosté en la camilla y sentí las suaves manos de la asistente terapéutica, deslizarse sobre mi piel. Los masajes circulares y la humedad del barro eran tan placenteros que imaginaba a Rolando inundando mi cuerpo.

Absorta en mis pensamientos, noté que me iban envolviendo cuidadosamente en un film plástico. La terapista sostenía un rollo grande como de rotisería con su mano izquierda, mientras que con la derecha maniobraba mis miembros hasta que de pronto quedé boca arriba sin saber si mi cuerpo era un matambre o un pollo al spiedo.

Así inmovilizada debía permanecer en la camilla durante treinta minutos esperando que el fango actuara antes de pasar a los baños con mi cupido.

Ya sola en el camarín, mi estómago empezó a chirriar como una puerta mal engrasada. Toda la salud del desayuno me subió en forma de sudor frío por la columna vertebral y apenas podía hablar para llamar a mi asistente. Tenía miedo de elevar la voz porque sentía que si algo salía por mi garganta se produciría una compensación inmediata, bajando algún fluido por el otro extremo

Los minutos transcurrían sin piedad, lenta y tortuosamente. Ensayé técnicas de relajación para controlar de alguna manera los retortijones pero fue en vano. Traté de apretar los cachetes para evitar lo inevitable y justo en ese momento entró Rolando. Lo vi salir rapidito haciéndome un ademán con la mano y conteniendo la respiración. Ya no volví a saber de él.

Enero – Un cuento de Alejandra Knudsen

Este viernes de vidriera los sorprendo con un cuento de Alejandra Knudsen. Amo su estilo picante y su pluma desenfadada. Espero que les guste tanto como a mí.

Se despierta abombada por el calor de la siesta; a tientas, en la penumbra del cuarto, se pone un shortcito blanco bien ajustado, una musculosa y se ata el pelo rubio en una cola de caballo. Sale al patio y desenrolla la manguera con desgano, despacio para que no se le formen codos y el agua vuelva para atrás haciéndola saltar de la canilla. Muchas veces le pidió a Silvio que la ajuste con una rosca de metal al caño, pero él nunca tiene tiempo.

Toma un sorbo de agua del pico, se coloca la manguera entre los omoplatos bronceados y deja que el agua fresca corra como un hilo helado por su espalda hasta la última vértebra, se le meta por adentro de la tanga y le haga cosquillas en la cola para revivir un poco, en esa tarde sofocante de enero.

Los malvones achicharrados por el sol en las viejas macetas con patas-ahora que los riega-, han comenzado a exhalar su perfume ordinario. El agua se desliza despacio entre las canaletas de las baldosas amarillas, hasta llegar a la tierra seca que bordea la vereda formando una estela sucia, que se vuelca suavemente al pavimento. Ella agarra la escoba y con fuerza refriega la mugre y la empuja junto a las hojas secas hacia la calle. Falta un ratito para abrir el almacén.

Cada tanto, mira hacia la puerta de la carnicería. Las cintas de metal plateado enroscadas como una serpentina permanecen inmóviles. No corre una gota de aire. Desde el fondo de su casa, se oyen las risas de los chicos que juegan en la pileta de plástico que les trajo Papá Noel.

Kika se mira el perfil en el vidrio de la ventana y sonríe; está linda, flaca, tostada. No representa los treinta y siete años ya cumplidos; sigue teniendo la tetas grandes, paradas a pesar de la maternidad.

Espera con ansias que salga Antonio.

Antonio y su delantal blanco manchado de sangre, sus ojos verdes y el pelo enrulado, largo. Como todas las tardes, está loca por verlo, para juguetear con él, para salpicarlo con agua haciéndose la distraída, para hacer bromas de doble sentido.

Hace tiempo que le gusta, desde que llegó al pueblo, sueña con él. Se lo imagina desnudo, con sus brazos musculosos, penetrándola. De solo pensarlo se humedece. Él también gusta de ella, se le nota en la mirada, en como la busca cuando no está en la vereda. Se sientan en el banco, debajo de los tilos a fumar un cigarrillo mientras esperan a los clientes. A veces lo convida con un mate.

La abuela la llama desde el fondo:

– ¡Kika! ¡Vení para acá! ¡Llevame afuera!-

Con ternura la sienta en la silla de ruedas y la empuja a la vereda, para que la viejita se entretenga viendo pasar a la gente mientras Kika atiende el almacén.

A veces tienen suerte y ven pasar un cortejo fúnebre. Sobre la calle Pringles, al fondo, está el cementerio. Un edificio imponente, con columnas romanas y pisos de mármol. Detrás de sus pórticos, una ciudad dormida espera; una Pompeya en miniatura, con sus bóvedas de mármol y esculturas de ángeles, sus calles de baldosas rotas y los nicheros con fotos y recuerdos de los muertos, altares secretos y sótanos tenebrosos. Algún día, todos ellos irán a parar allá.

Siempre es la misma procesión: el auto negro, -primero-con el difunto metido adentro del cajón y las flores a los costados, gladiolos o calas. Atrás, otro auto de la cochería llevando a los parientes y después, la caravana del pueblo.

-¡Kika! ¡Mi mamá dice que estás caliente con el carnicero!- le grita al pasar con la bici el hijo mayor de Estela, su antigua compañera de colegio que vive en la esquina.

-¡Salí de acá pendejo! ¡No me faltes el respeto!-, replica ella ofuscaba, pegándole un escobazo en la rueda. El chico se ríe y vuelve a cantar a coro con otros chiquilines que se suman:

– ¡Kika tiene novio! ¡Kika tiene novio!-

Se queda perturbada ¿De dónde sacó eso el chico? ¿Será posible que Estela sea tan maliciosa? Le da miedo de que el chisme llegue a oídos de su marido. Después de todo ella no hizo nada, se tranquiliza… Pero si Silvio se entera, la mata. Se la pasa trabajando, viajando por ahí, a veces ni viene a dormir.

Ella, en cambio, está todo el día sola con los chicos cuidando el negocio y a la abuela. Envidia a sus primas que se fueron a estudiar a Buenos Aires, no como ella que se quedó en el pueblo.

Antonio sale a fumar a la vereda. Esta tarde tiene el pelo mojado peinado para atrás, la ve y le tira un beso con los ojos. Kika tiembla de deseo, le gusta tanto, que no sabe qué hacer, siente una corriente eléctrica por todo su cuerpo cuando él se acerca.

Por suerte la abuela está distraída mirando pasar los autos y escuchando la radio; los chicos siguen chapoteando en el fondo.

-¿Me das un kilo de galleta, Kika? yY cien gramos de salame y cien  de queso-, le pide la viuda de la otra cuadra. Ella entra a la despensa, espanta las moscas  y prende la cortadora de fiambre.

De pronto a lo lejos, el ruido de la sirena de los bomberos irrumpe en la calma de la tarde bochornosa. ¿Un incendio? No se ve el humo, pero puede ser que se haya prendido un campo lejos, hay tanta seca.

Enseguida se oye el alarido de otra sirena, está vez más agudo y cercano. Es la ambulancia del hospital.

-Debe ser un accidente en la ruta-, murmuran los vecinos que empiezan a juntarse en la esquina. Los perros también se inquietan, comienzan a ladrar.

El dueño del taller mecánico saca el auto y decide ir para el cruce, seguro que fue ahí, en la entrada de la acería. Antonio y otros lo acompañan. Cruzan los dedos, rezan para que no sea un conocido.

Kika se asusta, ¿y si fuera Silvio con la furgoneta? Le duele la panza de solo imaginárselo muerto, tirado en la ruta con los sesos desparramados en el pavimento. Cierra los ojos, piensa en su marido “no es malo después de todo-, y los chicos… ¿Qué harían sin él?»

¿Y ella?

Por una fracción de segundos se imagina que podría estar con Antonio. No, eso no. Es, demasiado lindo, seguro que es mujeriego, que la va a engañar. Mejor, no. Cruza los dedos, reza como las demás mujeres, para que no sea su marido. Tiene miedo. Una vecina trae un rosario y prende una vela.

-Para que no sea uno de los nuestros-, dice con preocupación.

Alguien viene corriendo desde la esquina a avisar qué hay dos camiones volcados sobre la ruta, qué hay varios muertos.

Kika respira hondo, al menos no es la furgoneta de Silvio, piensa.

Más sirenas se suman, la otra ambulancia, la de la clínica privada y la de los patrulleros, la cosa es seria.

Se acerca Estela, -la chismosa del barrio-. Está embarazada a punto de parir. Viene con la cara desencajada porque su  marido salió temprano a llevar hacienda y todavía no ha vuelto. Las busca a Kika, -su amiga de toda la vida-, para descargar su angustia. Las dos mujeres se  abrazan, tratando de calmarse.

Empieza a refrescar, el aire cambia y se va haciendo de noche.

Discrepancias idiomáticas

Al abuelo que no conocí.

Era español de pura cepa. Llegó con la inmigración de principios de siglo y se instaló en la ciudad de Córdoba. Ya afincado terminó sus estudios de abogacía y su personalidad franca y carismática le abrió las puertas como profesor de Derecho Romano en la Universidad de “la Docta”. Era un hombre bien plantado, buen mozo y de ojos oscuros, de esos que penetran en el alma de las personas. De buen porte, alto y de espaldas tan anchas que parecía que practicaba natación desde siempre, aunque como él siempre decía, era solo un regalo de la naturaleza.

Rápido como ninguno, siempre estaba listo para un contrapunto. La improvisación era uno de sus mágicos dones que supo desarrollar durante los largos años en que ejerció como actor, pero no de los de ahora, sino cuando esta profesión significaba deambular de pueblo en pueblo atrás de una compañía de teatro. Inteligente y sagaz, sus alumnos lo querían porque sus clases eran un deleite. Era un placer escucharlo no solo por lo que sabía de la materia, sino por su simpatía y el despliegue de sus anécdotas. Sin embargo, su acento ibérico no lo ayudaba con algunos pícaros, y fue así que en una oportunidad uno de ellos le preguntó haciéndose el distraído:

-¿Profesor, es lo mismo tomar que coger?

A lo cual, éste le respondió con su mejor acento español

-Claro que sí Fernández, pero yo preferiría que a mi me tomen y a ti te cojan.

El masajista

Entró al spa con ese movimiento etéreo que la hacía única. Como si estuviera suspendida en el aire sin esfuerzo, prolongación de su oficio de azafata de American Airlines. Su figura esbelta se reflejaba en el agua quieta de la piscina mientras el encargado de tomar los turnos para los masajes registraba sus datos en una moderna laptop.

Su mirada azul repasó rápidamente el lugar donde se disponían varias reposeras sobre el deck de madera. Una toalla mullida de color celeste y con olor a lavanda cruzaba en diagonal hecha un rollito cada colchoneta blanca. Desde el último rincón junto a la puerta del baño de vapor, un señor canoso la desnudaba con los ojos. Le doblaba la edad, podría ser su padre o hasta quizás un tío abuelo.

Ella solicitó en voz baja un masaje californiano y haciendo caso omiso de su nuevo galán, se internó en el camarín donde el asistente terapéutico le dio una minúscula tanga descartable y la invitó a sacarse la bata.

Se acostó boca abajo en la camilla y como de costumbre cerró los ojos esperando al masajista. Comenzó a sentir el contacto del aceite perfumado sobre su piel, pero las manos del profesional resultaron duras y poco expertas.– Tal vez estén cambiando el personal, se dijo, y lo agendó mentalmente para comentárselo al dueño del lugar. De pronto, el silencio se rompió abruptamente por la voz del empleado de la mesa de entradas.

– ¡Por favor, señor! ¡¿Qué se supone que está haciendo?!.

Ella salió de su sopor y vio perderse a su admirador secreto en el recodo del pasillo.

Dos que se llevan muy bien

A mis queridos Adita y Tatín

Desde chico salió a trabajar de cadete por un azar del destino. Su padre murió cuando era muy joven y siendo el mayor de una familia de cinco hermanos tuvo que aportar a la economía familiar. Él trabajaba a tiempo completo, tomaba el tranvía muy temprano en la mañana y volvía ya avanzada la tarde. La empresa de capitales ingleses, se había instalado en Buenos Aires a principios del 1900, la única sucursal de la casa Thompson más allá de Londres.

A fuerza de trabajo y más trabajo y de muchísimo esfuerzo, fue ascendiendo en el escalafón hasta formar parte del equipo de contadores, cuando esta profesión todavía era un oficio. Esta dedicación desmedida -mezclada con un poco de distracción que era una de sus características personales-lo llevó a casarse siendo ya un hombre maduro.

Luisa, su mujer, era tan bella como amorosa, de carácter dócil y muy culta, encontraba refugio en las labores, pero principalmente en la lectura.

-Nada como un buen libro para llenar los espacios de soledad que deja un esposo adicto al trabajo, solía decirse.

Cuando él estaba en casa, se deshacía en atenciones por ella, pero muchas veces, volaba entre los quehaceres de la oficina y los interminables asientos contables que repasaba mentalmente. También le pasaba esto: cuando andaba por la calle, sus pensamientos lo tenían en vilo, y solo eran interrumpidos al pasar por una heladería o delante de una confitería: los dulces eran su debilidad y lo volvían loco.

Luchaba contra las disquisiciones de su psiquis, pero muchas veces olvidaba involuntariamente algunos pedidos de su esposa. Como aquella mañana, le había hablado de dos cosas. Sí, dos cosas que tenían mucho que ver la una con la otra. Trataba de recordarlo, pero la voz de Luisa se evaporaba justo en el momento en que se lo decía. Lo intentó una y otra vez, la imaginaba vocalizando algo y cuando llegaba el momento de mencionar ese ensamble perfecto e inseparable se apagaban todos los sonidos. Pero ¿qué eran?, ¿medias y pañuelos? ¿yerba y azúcar?, no. ¿Ravioles y salsa bolognesa?, ¿limones y agua tónica? tampoco. Finalmente se decidió, entró al negocio y salió luego de un rato con los dos paquetes en una bolsita. Llegó a su casa sonriente y ella se abalanzó arrebatándosela de la mano

– ¡Gracias mi amor por acordarte de traerme La Ilíada y la Odisea!

Grande fue su sorpresa cuando descubrió su contenido. Eso sí el medio kilo de dulce de membrillo y el medio de queso fresco se lo comieron de postre después de cenar para satisfacción del marido.

Arándanos

Llegué a Retiro cerca de la medianoche con ganas de dormir en el viaje. Me esperaba una reunión de comisión directiva con los exportadores de arándanos, y éstas solían ser eternamente largas, además de aburridas.

Ocupé mi asiento sobre la fila derecha observando a los pasajeros que iban subiendo y acomodaban los bolsos por encima de sus cabezas, cuando de pronto la vi entrar mirando a su alrededor con la mirada perdida. Se notaba que había bebido mucho, una mala noche, porque el pelo rubio estaba desacomodado y sus ojos se iban derritiendo junto con el rímel hasta llegar a la boca marchita con el labial corrido. El fino suéter color uva que insinuaba un par de pechos voluptuosos, apenas tapaba la calza negra llegando a la mitad de la cola y los zapatos al tono de taco alto, le costaban, a juzgar por sus pasos tambaleantes.

La vi sentarse en diagonal mío y volví a mis pensamientos hasta que me envolvió el sueño entre precios FOB y volúmenes exportados, pero el descanso no duró mucho. A poco de haberme dormido, me despertó la voz gruesa de la mujer que lanzaba una serie de epítetos groseros a alguien que no estaba presente. Como si esto no fuera suficiente, una serie de ruidos gaseosos acompañaban los insultos. Miré hacia atrás un poco para chusmear, un poco para ver si le decía algo, pero cuando observé la peluca rubia en el asiento del acompañante contuve la risa y seguí con lo mío.

Al llegar a Concordia, un señor de pantalones beige y ojotas pasó a mi lado, y ya no quedaba ningún vestigio de la señorita despechada que subió en Buenos Aires.

La salida

Comenzó su ritual de todos los días. Se levantó de su siesta y se sirvió un té con limón sin azúcar. Todavía tenía puesto el piyama algo gastado en los codos, indicio de que aún no había salido de casa. La barba canosa como su pelo, pedía a gritos una gillette.

Se arrellanó en el único sillón que había en la sala y comenzó a repasar el diario con un resaltador fluo en la mano derecha. Hizo varios firuletes en el tabloide y cuando terminó tomó el segundo periódico que estaba sobre la mesa ratona y repitió la operación varias veces.

Satisfecho con su trabajo, entró al cuarto de baño para tomar una ducha y, cantando una ópera de Verdi, se afeitó en simultáneo.

Promediando las seis de la tarde se dispuso a elegir su atuendo. Olió la camisa blanca que había usado el día anterior y sonrió pensando que podía tirar una puesta más. Sacó el traje oscuro prolijamente colgado y una corbata con algún lamparón en la parte inferior que tapó disimuladamente con el saco.

Guardó los recortes del diario con las direcciones en el bolsillo y salió a la calle para tomar el 102 en la esquina de su casa. Se bajó en Paraná y Arenales y caminó lentamente hacia el lujoso petit hotel donde dos promotoras controlaban el acceso contra las listas de invitados.

“Rodríguez Lastra”, dijo él, impertérrito, sin saber que despedía olor a naftalina.

Las dos chicas se miraron por un instante y lo dejaron pasar. Total, un bocadito no se le niega a nadie.

El nuevo integrante

Entonces decidimos alquilar un vientre. Ya estábamos grandes, pasados nuestros cincuenta.

Los dos sabíamos que esa presencia minúscula nos haría muy bien. No porque estuviéramos cansados el uno del otro, sino porque siempre que hay una nueva vida es como una ráfaga de aire fresco que desintoxica y rejuvenece. Además, nuestros propios hijos ya estaban grandes ¿y cuando ellos se fueran qué?… la casa en silencio, nadie para recibirnos, definitivamente no sería lo mismo.

Planificamos todo a escondidas de ellos, tal vez nos tildaran de locos. Nos subimos al auto y encaramos la autopista para acceder al barrio donde estaba la mujer que nos había hecho tantas promesas. Era un sitio algo lúgubre y había un fuerte olor a excrementos. Se escuchaban aullidos por todos lados, pero no podíamos ver demasiado bien. Ella nos dijo que al cabo de unos días nos daría una respuesta y regresamos porque ya estaba oscuro.

Después de una semana nos llamó. Volvimos por el mismo camino, ya no nos costó tanto llegar y el lugar no nos pareció tan mal. Nos estaba esperando. Mi marido preguntó tímidamente si podíamos elegir el sexo, aparentemente no habría ningún problema. A mí me daba igual, pero él contaba con que una vez que creciera sería el compañero ideal para sus andanzas y especialmente sus salidas de caza. Desembolsamos la mitad del dinero que nos solicitó, era bastante para andar con eso circulando, pero no hubo forma de hacer una transferencia. Tuvimos que aceptar el trato, aunque no nos daba muchas garantías, ¿y si se guardaba el anticipo y nos quedábamos sin nada? Cerramos los ojos y volvimos a casa pensando en su buena fe.

Los días pasaban lentamente y ocultábamos cada objeto que comprábamos para el nuevo integrante de la familia, no fuera cosa que nuestro plan se echara a perder. ¡Teníamos tanta ilusión! Ahí también empezaron mis dudas. ¿Y si los chicos lo rechazaban?, ¿si no les nacía darle amor? y bueno, ya no había mucha vuelta atrás.

Estaba en esas cavilaciones cuando sonó el teléfono. Ya nació, nos dijo la voz ronca, se llama Otto, pueden venir a buscarlo en 45 días, es un precioso cachorro de Vizla color caramelo.

Homenaje a nuestro perrito Otto que supo darnos tanta felicidad en tan corto tiempo.