Arándanos

Llegué a Retiro cerca de la medianoche con ganas de dormir en el viaje. Me esperaba una reunión de comisión directiva con los exportadores de arándanos, y éstas solían ser eternamente largas, además de aburridas.

Ocupé mi asiento sobre la fila derecha observando a los pasajeros que iban subiendo y acomodaban los bolsos por encima de sus cabezas, cuando de pronto la vi entrar mirando a su alrededor con la mirada perdida. Se notaba que había bebido mucho, una mala noche, porque el pelo rubio estaba desacomodado y sus ojos se iban derritiendo junto con el rímel hasta llegar a la boca marchita con el labial corrido. El fino suéter color uva que insinuaba un par de pechos voluptuosos, apenas tapaba la calza negra llegando a la mitad de la cola y los zapatos al tono de taco alto, le costaban, a juzgar por sus pasos tambaleantes.

La vi sentarse en diagonal mío y volví a mis pensamientos hasta que me envolvió el sueño entre precios FOB y volúmenes exportados, pero el descanso no duró mucho. A poco de haberme dormido, me despertó la voz gruesa de la mujer que lanzaba una serie de epítetos groseros a alguien que no estaba presente. Como si esto no fuera suficiente, una serie de ruidos gaseosos acompañaban los insultos. Miré hacia atrás un poco para chusmear, un poco para ver si le decía algo, pero cuando observé la peluca rubia en el asiento del acompañante contuve la risa y seguí con lo mío.

Al llegar a Concordia, un señor de pantalones beige y ojotas pasó a mi lado, y ya no quedaba ningún vestigio de la señorita despechada que subió en Buenos Aires.

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