A mis queridos Adita y Tatín
Desde chico salió a trabajar de cadete por un azar del destino. Su padre murió cuando era muy joven y siendo el mayor de una familia de cinco hermanos tuvo que aportar a la economía familiar. Él trabajaba a tiempo completo, tomaba el tranvía muy temprano en la mañana y volvía ya avanzada la tarde. La empresa de capitales ingleses, se había instalado en Buenos Aires a principios del 1900, la única sucursal de la casa Thompson más allá de Londres.
A fuerza de trabajo y más trabajo y de muchísimo esfuerzo, fue ascendiendo en el escalafón hasta formar parte del equipo de contadores, cuando esta profesión todavía era un oficio. Esta dedicación desmedida -mezclada con un poco de distracción que era una de sus características personales-lo llevó a casarse siendo ya un hombre maduro.
Luisa, su mujer, era tan bella como amorosa, de carácter dócil y muy culta, encontraba refugio en las labores, pero principalmente en la lectura.
-Nada como un buen libro para llenar los espacios de soledad que deja un esposo adicto al trabajo, solía decirse.
Cuando él estaba en casa, se deshacía en atenciones por ella, pero muchas veces, volaba entre los quehaceres de la oficina y los interminables asientos contables que repasaba mentalmente. También le pasaba esto: cuando andaba por la calle, sus pensamientos lo tenían en vilo, y solo eran interrumpidos al pasar por una heladería o delante de una confitería: los dulces eran su debilidad y lo volvían loco.
Luchaba contra las disquisiciones de su psiquis, pero muchas veces olvidaba involuntariamente algunos pedidos de su esposa. Como aquella mañana, le había hablado de dos cosas. Sí, dos cosas que tenían mucho que ver la una con la otra. Trataba de recordarlo, pero la voz de Luisa se evaporaba justo en el momento en que se lo decía. Lo intentó una y otra vez, la imaginaba vocalizando algo y cuando llegaba el momento de mencionar ese ensamble perfecto e inseparable se apagaban todos los sonidos. Pero ¿qué eran?, ¿medias y pañuelos? ¿yerba y azúcar?, no. ¿Ravioles y salsa bolognesa?, ¿limones y agua tónica? tampoco. Finalmente se decidió, entró al negocio y salió luego de un rato con los dos paquetes en una bolsita. Llegó a su casa sonriente y ella se abalanzó arrebatándosela de la mano
– ¡Gracias mi amor por acordarte de traerme La Ilíada y la Odisea!
Grande fue su sorpresa cuando descubrió su contenido. Eso sí el medio kilo de dulce de membrillo y el medio de queso fresco se lo comieron de postre después de cenar para satisfacción del marido.