Entró al spa con ese movimiento etéreo que la hacía única. Como si estuviera suspendida en el aire sin esfuerzo, prolongación de su oficio de azafata de American Airlines. Su figura esbelta se reflejaba en el agua quieta de la piscina mientras el encargado de tomar los turnos para los masajes registraba sus datos en una moderna laptop.
Su mirada azul repasó rápidamente el lugar donde se disponían varias reposeras sobre el deck de madera. Una toalla mullida de color celeste y con olor a lavanda cruzaba en diagonal hecha un rollito cada colchoneta blanca. Desde el último rincón junto a la puerta del baño de vapor, un señor canoso la desnudaba con los ojos. Le doblaba la edad, podría ser su padre o hasta quizás un tío abuelo.
Ella solicitó en voz baja un masaje californiano y haciendo caso omiso de su nuevo galán, se internó en el camarín donde el asistente terapéutico le dio una minúscula tanga descartable y la invitó a sacarse la bata.
Se acostó boca abajo en la camilla y como de costumbre cerró los ojos esperando al masajista. Comenzó a sentir el contacto del aceite perfumado sobre su piel, pero las manos del profesional resultaron duras y poco expertas.– Tal vez estén cambiando el personal, se dijo, y lo agendó mentalmente para comentárselo al dueño del lugar. De pronto, el silencio se rompió abruptamente por la voz del empleado de la mesa de entradas.
– ¡Por favor, señor! ¡¿Qué se supone que está haciendo?!.
Ella salió de su sopor y vio perderse a su admirador secreto en el recodo del pasillo.