Enero – Un cuento de Alejandra Knudsen

Este viernes de vidriera los sorprendo con un cuento de Alejandra Knudsen. Amo su estilo picante y su pluma desenfadada. Espero que les guste tanto como a mí.

Se despierta abombada por el calor de la siesta; a tientas, en la penumbra del cuarto, se pone un shortcito blanco bien ajustado, una musculosa y se ata el pelo rubio en una cola de caballo. Sale al patio y desenrolla la manguera con desgano, despacio para que no se le formen codos y el agua vuelva para atrás haciéndola saltar de la canilla. Muchas veces le pidió a Silvio que la ajuste con una rosca de metal al caño, pero él nunca tiene tiempo.

Toma un sorbo de agua del pico, se coloca la manguera entre los omoplatos bronceados y deja que el agua fresca corra como un hilo helado por su espalda hasta la última vértebra, se le meta por adentro de la tanga y le haga cosquillas en la cola para revivir un poco, en esa tarde sofocante de enero.

Los malvones achicharrados por el sol en las viejas macetas con patas-ahora que los riega-, han comenzado a exhalar su perfume ordinario. El agua se desliza despacio entre las canaletas de las baldosas amarillas, hasta llegar a la tierra seca que bordea la vereda formando una estela sucia, que se vuelca suavemente al pavimento. Ella agarra la escoba y con fuerza refriega la mugre y la empuja junto a las hojas secas hacia la calle. Falta un ratito para abrir el almacén.

Cada tanto, mira hacia la puerta de la carnicería. Las cintas de metal plateado enroscadas como una serpentina permanecen inmóviles. No corre una gota de aire. Desde el fondo de su casa, se oyen las risas de los chicos que juegan en la pileta de plástico que les trajo Papá Noel.

Kika se mira el perfil en el vidrio de la ventana y sonríe; está linda, flaca, tostada. No representa los treinta y siete años ya cumplidos; sigue teniendo la tetas grandes, paradas a pesar de la maternidad.

Espera con ansias que salga Antonio.

Antonio y su delantal blanco manchado de sangre, sus ojos verdes y el pelo enrulado, largo. Como todas las tardes, está loca por verlo, para juguetear con él, para salpicarlo con agua haciéndose la distraída, para hacer bromas de doble sentido.

Hace tiempo que le gusta, desde que llegó al pueblo, sueña con él. Se lo imagina desnudo, con sus brazos musculosos, penetrándola. De solo pensarlo se humedece. Él también gusta de ella, se le nota en la mirada, en como la busca cuando no está en la vereda. Se sientan en el banco, debajo de los tilos a fumar un cigarrillo mientras esperan a los clientes. A veces lo convida con un mate.

La abuela la llama desde el fondo:

– ¡Kika! ¡Vení para acá! ¡Llevame afuera!-

Con ternura la sienta en la silla de ruedas y la empuja a la vereda, para que la viejita se entretenga viendo pasar a la gente mientras Kika atiende el almacén.

A veces tienen suerte y ven pasar un cortejo fúnebre. Sobre la calle Pringles, al fondo, está el cementerio. Un edificio imponente, con columnas romanas y pisos de mármol. Detrás de sus pórticos, una ciudad dormida espera; una Pompeya en miniatura, con sus bóvedas de mármol y esculturas de ángeles, sus calles de baldosas rotas y los nicheros con fotos y recuerdos de los muertos, altares secretos y sótanos tenebrosos. Algún día, todos ellos irán a parar allá.

Siempre es la misma procesión: el auto negro, -primero-con el difunto metido adentro del cajón y las flores a los costados, gladiolos o calas. Atrás, otro auto de la cochería llevando a los parientes y después, la caravana del pueblo.

-¡Kika! ¡Mi mamá dice que estás caliente con el carnicero!- le grita al pasar con la bici el hijo mayor de Estela, su antigua compañera de colegio que vive en la esquina.

-¡Salí de acá pendejo! ¡No me faltes el respeto!-, replica ella ofuscaba, pegándole un escobazo en la rueda. El chico se ríe y vuelve a cantar a coro con otros chiquilines que se suman:

– ¡Kika tiene novio! ¡Kika tiene novio!-

Se queda perturbada ¿De dónde sacó eso el chico? ¿Será posible que Estela sea tan maliciosa? Le da miedo de que el chisme llegue a oídos de su marido. Después de todo ella no hizo nada, se tranquiliza… Pero si Silvio se entera, la mata. Se la pasa trabajando, viajando por ahí, a veces ni viene a dormir.

Ella, en cambio, está todo el día sola con los chicos cuidando el negocio y a la abuela. Envidia a sus primas que se fueron a estudiar a Buenos Aires, no como ella que se quedó en el pueblo.

Antonio sale a fumar a la vereda. Esta tarde tiene el pelo mojado peinado para atrás, la ve y le tira un beso con los ojos. Kika tiembla de deseo, le gusta tanto, que no sabe qué hacer, siente una corriente eléctrica por todo su cuerpo cuando él se acerca.

Por suerte la abuela está distraída mirando pasar los autos y escuchando la radio; los chicos siguen chapoteando en el fondo.

-¿Me das un kilo de galleta, Kika? yY cien gramos de salame y cien  de queso-, le pide la viuda de la otra cuadra. Ella entra a la despensa, espanta las moscas  y prende la cortadora de fiambre.

De pronto a lo lejos, el ruido de la sirena de los bomberos irrumpe en la calma de la tarde bochornosa. ¿Un incendio? No se ve el humo, pero puede ser que se haya prendido un campo lejos, hay tanta seca.

Enseguida se oye el alarido de otra sirena, está vez más agudo y cercano. Es la ambulancia del hospital.

-Debe ser un accidente en la ruta-, murmuran los vecinos que empiezan a juntarse en la esquina. Los perros también se inquietan, comienzan a ladrar.

El dueño del taller mecánico saca el auto y decide ir para el cruce, seguro que fue ahí, en la entrada de la acería. Antonio y otros lo acompañan. Cruzan los dedos, rezan para que no sea un conocido.

Kika se asusta, ¿y si fuera Silvio con la furgoneta? Le duele la panza de solo imaginárselo muerto, tirado en la ruta con los sesos desparramados en el pavimento. Cierra los ojos, piensa en su marido “no es malo después de todo-, y los chicos… ¿Qué harían sin él?»

¿Y ella?

Por una fracción de segundos se imagina que podría estar con Antonio. No, eso no. Es, demasiado lindo, seguro que es mujeriego, que la va a engañar. Mejor, no. Cruza los dedos, reza como las demás mujeres, para que no sea su marido. Tiene miedo. Una vecina trae un rosario y prende una vela.

-Para que no sea uno de los nuestros-, dice con preocupación.

Alguien viene corriendo desde la esquina a avisar qué hay dos camiones volcados sobre la ruta, qué hay varios muertos.

Kika respira hondo, al menos no es la furgoneta de Silvio, piensa.

Más sirenas se suman, la otra ambulancia, la de la clínica privada y la de los patrulleros, la cosa es seria.

Se acerca Estela, -la chismosa del barrio-. Está embarazada a punto de parir. Viene con la cara desencajada porque su  marido salió temprano a llevar hacienda y todavía no ha vuelto. Las busca a Kika, -su amiga de toda la vida-, para descargar su angustia. Las dos mujeres se  abrazan, tratando de calmarse.

Empieza a refrescar, el aire cambia y se va haciendo de noche.

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