Estábamos en el penúltimo año del secundario, ya con ganas de que todo termine y salir del tedio de Aurora para comenzar con el nuevo ritmo de la vida universitaria.
Nuestro curso era el más rebelde que había transitado por el colegio hasta el momento y desde la primaria se vislumbraba que iba a ser difícil la contención. No solo tuvimos episodios de anónimos defenestrando a alguna de nuestras compañeras, sino también conductas que pasaban de las simples travesuras a actos claros de vandalismo perpetrados por niñitas de blancos delantales. Desde el decorado de blancas tiras de papel higiénico pegadas con salivazos en el techo del laboratorio de ciencias a la inconsciencia de arrojar al pozo ciego las botas del plomero que arreglaba la cloaca justo al lado de la barranca de piedra.
Tal vez las promociones que venían delante ostentaban el rigor que les imprimieron tantos años de dictadura, y nosotras seguramente teníamos el sello de la ebullición previa a la democracia con sabor a transgresión y ansias de libertad.
Ese día estaba llegando tarde, corrí hasta el portón negro lo más rápido que pude, y no logré evitar que el portero lo cerrara en mis narices por lo que tuve que volver sobre mis pasos para ingresar por la entrada principal.
Antes de llegar a la puerta crucé a Josefina despidiéndose de su novio, pero me hizo una seña para que entrara, total, todavía le quedaban 15 minutos más antes de que le computaran la falta entera. Era lunes, y en la cuarta hora teníamos examen de matemática de un tema que nadie entendía, en parte por la dispersión generalizada a esa altura del año, pero sobre todo porque el viernes anterior la profesora dejó de explicar a mitad de camino y a modo de represalia cuando voló un tejido de lado a lado del aula. Ni bien sonó el timbre que marcaba el fin del recreo largo, y justo antes de la prueba, la preceptora entró a la clase como una tromba y nos instó a salir ordenadamente. Sin embargo, rompimos filas tan pronto se corrió la voz de emergencia por la evacuación del colegio ante una amenaza de bomba. Las cuatrocientas alumnas corrimos gritando por los pasillos y poca vida le quedó a la escalera de roble después de que la tropilla pasara vertiginosa haciendo retumbar los viejos escalones.
A la salida lo vi. Estaba en la placita de enfrente recostado con desparpajo contra el gomero. Le sonreía a Josefina con un ademán de estar hablando por teléfono imitando el tubo entre el dedo pulgar y el índice y ella lo miraba con fascinación sin poder contener la risa.