Las maestras – Un cuento de Horacio Senet

Sucedió a principios de la década de los 60’, y en el fragor de un domingo con elecciones generales en todo el país, una especie de súper feriado, con todo cerrado a piedra y lodo. Viajaba camino a la rotonda de Alpargatas, en el cruce de las rutas nacional número dos y la ruta a La Plata, con el camión lleno hasta las narices de bolsas de papas, y cuatro bidones de veinte litros llenos con gasoil prolijamente estibados detrás de la cabina, por si estaban cerradas las estaciones de servicio y no hubiera lugar alguno dónde repostar combustible.

Por si acaso, también llevaba provisiones de boca: sándwiches de milanesa, chocolate, galletitas y agua mineral. Sería difícil conseguir dónde comer o comprar algo. El patrón le había ordenado a mi compañero que me esperara con un equipo de emergencia semejante en el camión vacío de relevo, para regresar a General Madariaga. Haríamos el cambio como siempre, en la rotonda de Alpargatas. Yo volvería con el camión vacío y él entraría al tráfico endemoniado de la ciudad, hasta el mercado. El jefe necesitaba que el lunes a primera hora se estuvieran descargando sus papas. Era una ocasión comercial imperdible: le aseguraban un quince por ciento más en el precio, que para las treinta y cinco toneladas de papas que cargábamos, era mucha plata.

Así que, elecciones o no, allá iba roncando a todo vapor por las rutas del sur. Con directivas tajantes: nada de ahorrar combustible, acelerador a fondo y tomar todos los atajos posibles. El tiempo era realmente oro, contante y sonante.

Pasando la ciudad-pueblo de Castelli, por el kilómetro ciento setenta de la Ruta Nacional dos, me hicieron dedo dos maestras, de guardapolvos blancos y portafolios. Por hábito y precaución nunca quise levantar a ninguna de las muchas personas que hacían dedo en la ruta – en especial jóvenes mochileros en época de vacaciones. Solamente alzaba policías y maestras, porque uno sabe los sueldos miserables que ganan y si tienen que pagar los boletos de los micros, no les alcanza ni para vivir a polenta todo el mes. Los choferes de los micros también lo saben, y son tipos gauchos y solidarios, pero hay inspectores volantes que trabajan sus rutas comerciales y en cualquier momento, suben, hacen una inspección sorpresiva, y si hay pasajeros sin boleto, los tripulantes son sancionados, así que no pueden arriesgarse a subir a nadie gratis.

¿Pero qué hacían dos maestras de guardapolvo en la ruta pidiendo viajar en un domingo recontra feriado? Por costumbre, hice señas con las luces, aunque la ruta estaba desierta en ambos sentidos, paré y les abrí la puerta para que subieran.

Una vez a bordo, después del saludo de rigor y de asegurarme de que se abrocharan los cinturones de seguridad, arrancamos de nuevo y les pregunté:

“Señoritas, me extraña verlas en la ruta hoy que es feriado. ¿Van a algún evento? Disculpen la curiosidad, pero yo soy profesional de esto, ando siempre en el camino y por costumbre, a los únicos pasajeros que levanto es a maestras y a milicos, que después de un año y pico de andar casi a diario por aquí, conozco a la mayoría.

”Primero se sonrieron, luego largaron una risita y terminaron riéndose a carcajada limpia. La más joven –una guapa moza– me dijo:-

“Mirá que nosotras no somos maestras, sino otra cosa. Vamos hasta el restaurant que está en el kilómetro ciento cuarenta y cinco. ¿Nos llevas igual?”–“Desde luego”-, les contesté. -“Pero si no son maestras ¿por qué andan de guardapolvo?”-

-“Es la única forma de conseguir que alguien nos lleve, porque casi nadie te para en la ruta. Nosotros somos Ruteras, y trabajamos aquí. ¿No estarás interesado, por casualidad?”

-En ese momento caí desde el árbol de mi ingenuidad. Era la primera vez que me topaba con alguna Rutera verdadera, las legendarias prostitutas que trabajan en los caminos y van saltando de vehículo en vehículo, ejerciendo su profesión. Mis amigos camioneros me lo habían comentado muchas veces, pero jamás había tenido un encuentro cercano de este extraño tipo.

-“Gracias chicas, no es que no me gustaría, pero esta carga tiene que llegar a Buenos Aires lo más rápido posible y no puedo detenerme. Pero cuéntenme algo, por favor. Si alguna otra vez ando con tiempo y quiero encontrarme con alguna de ustedes, ¿cómo hago?”-

-“Es muy fácil, muchacho. ¿Vos sos del campo, no es cierto?”-

-“Sí, desde luego.”-

-“¿Y cuál es la época en la que habitualmente nacen los lechones?

”-Me quedé frío y pensé: –“¿Esta fulana me está tomando el pelo? Vamos a seguirle la corriente un poco”-, me dije, y le respondí:-“Por lo general, se trata de que nazcan en primavera, por eso es corriente que haya lechoncitos disponibles para Navidad.

”-Se rio y me dijo:-“Veo que hiciste los deberes y sabés del tema. ¿Nunca te llamó la atención ver que en muchos boliches de la ruta ponen pizarrones con un cartel escrito con tiza que dice “Hay lechón”? ¿Y eso, durante todo el año?”-

-“Tenés razón, los he visto y ahora que me lo decís, me parece raro. ¿Cómo diablos consiguen lechones en pleno invierno? Porque hay algunos restaurantes que tienen siempre esos carteles a la vista.”

-Grandes risas de ambas muchachas. Casi a coro, pero amablemente, me dijeron:

-“Amigo, entérate, por si algún día lo necesitás, que ese cartel que dice “hay lechón”, en realidad significa que alguna de nosotras está en el boliche y trabajando. Así que si te gusta el lechón y tenés ganas de meterle diente, no tenés más que bajar y preguntar en el mostrador. Vas a encontrarte con alguna compañera de nuestra cofradía.”

-Me reí un rato largo y seguimos charlando hasta que llegamos a su destino, donde paré en la banquina y se despidieron de mí con un beso en la mejilla y un cariñoso grito de:

-“Hasta la próxima, paisano.”

-Yo seguí viaje contento de haber develado una incógnita que me había llamado la atención varias veces y también pensando que el mundo está lleno de maestras. Pero no todas enseñan precisamente el abecedario.

Claro que esto ocurrió cincuenta años atrás, cuando los cerdos se criaban “a campo”. Los criaderos actuales producen lechones durante todo el año, así que no se fíen demasiado del cartel “Hay lechón”.

A lo mejor, hay de verdad.

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