De chica yo tenía una perrita raza ter-bal (terreno baldío). Se llamaba Pixiútica, pero en su versión abreviada le decíamos Pixi. Era muy inteligente, paseaba sin correa y se daba cuenta cuando íbamos a someterla a algún pinchazo en la veterinaria porque caminábamos una cuadra más allá de la plaza. Cuando viajábamos en auto le teníamos que dar Dramamine para que no vomitara, pero como no le gustaba su sabor amargo la descubría siempre, y se comía el queso o el dulce de leche dejando la pastilla limpita a un costado.
Pixi sabía que antes de salir con ella yo buscaba la cadena (que nunca le ponía al cuello) y venía a mi encuentro del mejor de los humores. Pero también detectaba mejor que nadie cuándo la íbamos a dejar sola, a la intemperie por supuesto. El simple movimiento de los miembros de la casa indicaba que ella debía esconderse debajo de una cama para quedar estratégicamente adentro.
Mi experiencia perruna actual derivada de los efectos de la cuarentena fue bastante diferente, empezando porque nuestrosnuevos amigos son ejemplares más sofisticados, un viszla y un border collie. Este fue el primer indicio de que vivimos otros tiempos, porque mi marido no quiso saber nada de adoptar un pichicho callejero. El segundo fue la introducción en la casa de una tercera raza llamada entrenador, adiestrador o educador canino. Estas tres terminologías tienen sus sutiles diferencias pero los resultados a los que arriba el dueño del perro son bastante similares.
El entrenador fija la atención en dominar a su súbdito de cuatro patas, con órdenes cortas y precisas. El adiestrador también, pero busca un estímulo adicional para poder doblegarlo, lo distrae con silbatos y golpeteos. El educador en cambio, es una máquina de embuchar bocaditos. Completa su atuendo con un morral de donde salen cualquier cantidad de alimentos, porque cuando el animal no responde a la carne vacuna, le tira un pollito y sino le presenta unos tentadores trocitos de salchicha hasta que, si esto tampoco da resultado, terminar con la irresistible carne de hígado. Confieso que todavía estoy penando entre el marcado territorial y los tironeos y no me decido si usar collar común, de ahorque o haltie y ya van más de 6 meses de colaborar con las arcas de los «domadores».
Lo único que sé es que nadie supera en inteligencia a mi perrita Pixi, que nunca hizo pipí en la alfombra ni necesitó una presa para descargar tensiones. Se murió de puro vieja, disfrutando de la comida humana, sin croquetitas de alimento balanceado, ni el horrible pensamiento de que pudiera terminar diabética por exceso de dulces.
Mi Pixi se llamó Raquel y se murió de tristeza cuando me casé y me fui a vivir a Jujuy. Me encantó el cuento Ine
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