Sorpresas rurales

Era una tarde soleada de enero. Los pajaros hacían burla del tórrido verano entreverados en las copas de los árboles.

Ella sintió un fuerte dolor de vientre, tanto, que no pudo ahogar un grito de pena. Sus hijos ya adolescentes se miraron y decidieron buscar al padre que había salido de madrugada a trabajar en el campo.

Por suerte no se había alejado mucho, porque el desperfecto de un molino cercano a la casa, le había llevado más tiempo que de costumbre hasta que pudo dejarlo andando.

Ellos la ayudaron a subirse a la camioneta mientras se retorcía entre  cólicos inclementes sujetando su barriga.

Ella pensó en los dolores de parto sufridos más de diez años atrás y se alegró de haber terminado con la procreación. El paso por el bisturí había limpiado sus ovarios y, a pesar de su juventud, ya no menstruaba hacía un año y medio.

El marido la dejó en la puerta de la salita en manos de un enfermero mientras dejaba la chata en el estacionamiento improvisado entre dos caballetes.

Al entrar sintió la voz de alguien llamando al padre de una criatura recién nacida y oyó los llantos de un bebé de fondo, pero no les dio importancia.

Después de largos minutos de escuchar los gritos pelados, miró a su alrededor pero sólo vio mujeres.

Una de ellas lo miró fijo y le dijo:

-¿Usted vino con la embarazada?

-No, eran sólo cólicos

-Pues parece que su cólico necesita un chupete.

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