Los bajos del temor

La obra había concluido. Una semana antes despedí al último pintor, le pagué los honorarios a la arquitecta y me senté en el piso satisfecha pero derrumbada. El departamento era el principio de una vida nueva que no me correspondía vivir. Mi comienzo, por el contrario, era el inicio de un camino donde se imponía encontrar la felicidad más allá de la danza de los hijos. Me enfrentaba al desafío de un silencio palpable, una habitación sin una de mis personas favoritas y su silla vacía a la hora de la cena.

Él parecía no haberse dado cuenta de la situación, o al menos de lo que la situación significaba para mí. Lejos de contenerme, cada uno de sus actos parecía ir en el sentido inverso. Lo atribuí a que era un particular mecanismo de defensa que mostraba al lobo dominando al mundo desde su peñasco, lejos de la mirada humana que pudiera advertir sus heridas.

Por eso no me sorprendió que el día anterior a la mudanza hubiera decidido salir a pescar. Casi sin darse cuenta soltó el nombre del lugar en el Delta donde tirarían la caña, Los Bajos del Temor, y este último vocablo quedó haciendo eco entre las paredes de la cocina mientras pensaba en que a mí me tocaba la peor parte. Vaciar sus cajones, en tanto mi corazón se haría un nudo con el cierre de cada valija.

Con la recomendación de «no vuelvas tarde que mañana temprano tenemos que darle una mano a Sofi con la mudanza», el salió muy contento con la promesa de un regreso a la tardecita con la conservadora llena de pejerreyes.

A eso de las 8 de la noche, sin tener ninguna novedad del náutico, le escribí un mensaje, pero me figuraba como no entregado.

A la media hora mi hija se asomó a la puerta de mi cuarto diciendo: ¿Te enteraste? ¡Papá se quedó varado! lo llamé hace un rato, me dijo que casi no tenía batería y que estaba llevando la lancha a tiro. Casi en simultáneo entró su whatsapp: “Esperando que suba la marea. No te preocupes. Todo bien. No sé cuándo subirá”.

El pronóstico daba tormenta eléctrica y lluvias torrenciales para esa madrugada. Quien sabe, tal vez lo partiría un rayo.

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