Damas y Caballeros – Un cuento de Alejandrina Malenchini

En este primer viernes de vidriera les presento a una apasionada escritora de cuentos. Alejandrina también escribe novelas cortas como «Le digo a Juan» y «El lugar de Constanza». Espero que disfruten de su lectura tanto como yo.

El otro día, en el cine, fui al baño apurada porque iba a empezar la película.

            Empujé la puerta vaivén y me metí en el primero que encontré desocupado.

            Hacía pis, con la consabida incomodidad de ser mujer en un baño público, cuando oigo caer de mi bolsillo una moneda, que comienza a rodar hasta pasar por debajo del tabique y la veo detenerse al lado de un reluciente zapato de hombre.

            Su dueño, quizá tan sorprendido como lo estaba yo, carraspeó nervioso en aquel momento, confirmando mi sospecha: era el baño de hombres.

            Rápidamente me subo los pantalones, salgo y veo a varios de espaldas a mí, usando los mingitorios.

            Busco con la mirada la puerta, pero el lugar estaba lleno de puertas cerradas y no sabía cual abrir.

            Parada en el medio del baño, decido esperar en silencio para evitar que advirtieran mi presencia, en la esperanza de que alguien más entre, y así usar  esa puerta para  salir, pero nada de eso pasa. Hasta que decido preguntar en voz alta:

-¿Por dónde se sale de aquí?

            La sorpresa fue tal, que más de uno se dio vuelta alarmado, sosteniéndose todavía con la mano, otros guardándolo y alguno subiéndose el cierre.

            Sólo uno siguió haciendo pis sobre los mosaicos del piso, con un chorro tan irrefrenable, que pidió disculpas y se volvió para controlar la situación.

            Justo en ese instante la puerta se abrió y uno más intentó entrar. Tratando de salir lo más rápido posible, me enfrento a él, quién al verme dice:

-¡Ay señora, perdón!- , se da vuelta, abre de un empujón la puerta de “DAMAS” y se mete de una zancada.

De tacheros

Publicado en el libro «Lunes de Antología» de Editorial Vinciguerra y Jockey Club

Historias de tacheros tengo miles. Son tantas, que mis conocidos me cargan. Por qué me eligen a mí, una simple pasajera, para confesarse, nunca lo sabré. Algo debe tener que ver mi sonrisa desplegada al viento cual si fuera una amiga de toda la vida. Y esto se explica porque como persona que toma mucho taxi (taxera) espero que el taxista se dé cuenta, ni bien subo, de que sea un viaje corto o largo, yo nunca lo voy a traicionar con un bondi. La sonrisa y un breve comentario referente al clima, dan el pie justo para que el tachero se despache sin problema.

Lo curioso, es que, a pesar de que a otros pasajeros no les hablan o a lo sumo discurren en charlas políticas en época de elecciones, en mi caso tocan temas mayormente sexuales, por decirlo de alguna manera. Y entre los pobres pescadores que se quejan que ya no tienen más relaciones con su mujer y los ganadores que han pasado por múltiples amantes y ya están del otro lado, rescato tres anécdotas por decirlo de alguna manera “coloridas”.

Una mañana temprano, iba para el trabajo y después del buen día (con sonrisa) y el intercambio acerca del clima de rigor, se me ocurrió agregar “estoy cansada” a lo cual el taxista responde que él también, porque el día anterior le había tocado su experiencia “suinyer”. Aclaro que de movida me descolocan, pero después, y para no parecer una cuadrada o caída del catre, les sigo la conversación como si supiera del tema.

En otra oportunidad, otro taxista me contó con mucha soltura que él solía ir a un club nudista con su pareja, y detalló cómo comían asadito en el quincho todos los fines de semana en cuerpito gentil. Sentí risa al imaginarme un chori caliente cayendo en las partes del buen hombre, pero me contuve y como siempre seguí la charla como si nada, agradeciendo de mil amores el nombre y la dirección del club.

Mis amigas dicen que yo soy de viaje largo y por eso tengo tiempo de “intimar” con los tacheros, pero la tercera historia que tengo para contar fue un viaje muy corto (de Tribunales a Plaza San Martín). El hombre se jactaba de su buena salud a pesar de sus años. Hizo un resumen pormenorizado de enfermedades que nunca había padecido y remedios que nunca había tomado y justo antes de que me bajara deslizó su última frase “la única pastilla que tomo es la del viagra”.

Cosas del alcohol

Sucedió mucho antes de la pandemia. Cuando todavía podíamos abrazarnos y festejar como queríamos, adentro o afuera, en la ciudad o en el campo, con 50 o con 500 invitados. Y como casualmente era en una estancia de la provincia de Buenos Aires, la madre de la novia había recomendado enterrar un cuchillo y llevarles una ofrenda de huevos a las monjas Clarisas para garantizar el buen clima. Seguramente se requería un maple en vez de la media docena que arrimaron al convento, y el cuchillo estaba algo desafilado, porque lo cierto es que ese día diluvió de tal modo que me extrañó no ver a Noé entre los invitados.

A pesar del aguacero mi marido sacó el auto, porque con Marité, la madrina, éramos como hermanas junto con otras tres amigas del secundario. Era el casamiento de la primera hija del grupo y veníamos palpitándolo cual quinceañeras. Nos hicimos vestidos largos todas con la misma modista, y le pedimos que nos reservara a cada una de nosotras algún detalle similar al vestido de Marité. A Felisa le tocó el escote corazón, a Susana la espalda descubierta y a mí el gran tajo que dejaba entrever mis piernas esbeltas.

Ya en la ruta 9 mi esposo me propuso pegar la vuelta, porque no se veía nada y los limpiaparabrisas iban y venían sin parar. Lo fulminé con la mirada y continuamos a paso lento para evitar chocar con los autos que iban en fila india con las balizas encendidas. Llegamos a capillita de Zárate para presenciar el final de la ceremonia que nos hizo emocionar a todas hasta las lágrimas. Eso sí, en la penumbra porque con la tormenta se quedó todo el pueblo sin luz. La novia estaba radiante y gracias a Dios pudo completar el trayecto hasta el campo en el carruaje tirado por caballos tal y como estaba planificado desde el momento uno. Un detalle, el padrino lucía unas botas Pampero de un estridente color amarillo en vez de los zapatos de Lopez Taibo, pero nadie dijo ni mu. Con tanto conjuro contra el mal tiempo, Marité nunca pensó que llovería, y el galpón improvisado para los invitados explotaba de gente. A pesar de los baldazos de agua y las sandalias embarradas bailamos a más no poder, hicimos el trencito con los antifaces de lentejuelas que habíamos diseñado para el momento del carnaval carioca y tomamos tanto como en nuestra fiesta de egresadas de la cual tengo más lagunas que intervalos lúcidos.

Para la canción de despedida nos abrazamos las cuatro pero las ganas de hacer pipí me eyectaron un poco mareada y haciendo eses a los baños que estaban dispuestos fuera del galpón. Marité había contratado esas casillas químicas Bassani que hay en las plazas y lugares públicos y me costó un poco bajarme la bombacha entre el tajo y los tacos, porque además del reducidísimo espacio, sentía que se me movía el piso como si estuviera en una montaña rusa. Tratando de despegar un papel higiénico que se pegó a la suela de mi zapato derecho perdí el equilibrio y me colgué del picaporte. La puerta se abrió de repente dejándome ver la nada misma y el guinche, que subía mi casilla al camión de Bassani. Suspendida en el aire grité para mí: – Zulema, ¡la próxima fiesta ni una gota de alcohol!

Su fiel compañera

Mamá lo llamaba «el Comodoro». A pesar de ser quien le había dado la vida, ella se refería así a nuestro abuelo. La separación abrupta de su madre cuando él se fue con una señorita veinte años más joven, dejándolas a ella y a mi abuela desamparadas, desencadenó la ira de mamá y un cierre de persiana que acabó con la relación familiar a tal punto que nunca conoció a sus únicos nietos hasta ese día.

Estábamos sentados en una de las mesas del fondo de Los Inmortales, cuando mamá pronunció la siguiente frase:

-¿Quieren conocer a su abuelo?

Y continuó, si quieren pueden saludarlo, es el señor canoso que está sentado al lado de la barra.

Ya éramos bastante grandes, los tres universitarios, y éste fue el comienzo de una serie de encuentros semanales con el Comodoro, algo forzados al principio y que mamá inició como una forma de re encauzar sus sentimientos antes de que fuera demasiado tarde para arrepentirse.

No tuvimos mucho tiempo para generar un vínculo muy estrecho, porque a los dos meses, una mañana lluviosa sonó el teléfono. La voz del otro lado del aparato comunicó que el Comodoro había partido al más allá y que se esperaba que su hija se hiciera cargo del velorio. Esto era imposible porque mamá había salido de viaje con papá y no llegaría hasta dos semanas después, pero decidimos entre nosotros tomar las riendas del asunto.

Con buen criterio mi hermana me prohibió que lo veláramos en cualquiera de las camas de nuestro departamento, le impresionaba bastante el tener un muerto en la casa, pero la convencí de poner el féretro en un rincón del escritorio, un poco por respeto al abuelo y otra porque para alquilar una sala de velatorio teníamos que rastrear a mis padres por la Europa central y ponerlos al tanto del problema.

Cuando terminamos de organizar los detalles, nos dimos cuenta de que estábamos arriesgándonos a que algún ilustre desconocido nos limpiara la casa, así que optamos por pedirle a un tío que pasara revista a la entrada, no sea cosa que entre los ignotos amigos del abuelo se colara algún chorro.

Entraron varios uniformados de la Marina algunos señores mayores y una sola mujer que se instaló discretamente junto al muerto.

El velorio transcurrió normalmente y en un punto, se nos acercó un señor bajito, de cabellera escasa y orejas enormes. Tenía un traje negro que parecía prestado porque le sobraba de todos lados y una voz finita con la que nos preguntó si nosotros éramos efectivamente los deudos.

Asentimos afirmativamente y presentándose como el albacea nos solicitó un lugar más privado para leer el testamento. Nos reunimos en el comedor de diario y escuchamos atentamente…

Comenzó con su última voluntad. Pedía que su hija cremara sus restos. Además debía tomar las cenizas de una tal Anushka que estaban en una urna dorada sobre la chimenea de su casa y esparcirlas junto a las suyas un día de sol desde la Fragata Libertad.

El segundo punto versaba sobre el quinto. Todos esperábamos oír el nombre de mamá, pero resultó que dejaba sus bienes a «su fiel compañera»…

-¡Cómo!, exclamé yo, Anushka, ¿no había muerto?

Y el letrado respondió

-Sí, murió, pero Anushka, era su perrita yorkshire. Su fiel compañera es la señora Gladys González, la rubia que llora al lado del  cajón.

Oh la la, galamour glamour

Se despertó casi al alba, la esperaba un día largo con una serie de estudios médicos para
comenzar, un almuerzo de trabajo con un abogado joven que la tenía enamorada y una cena
de amigas como broche de oro.
Casi no necesitó el despertador desvelada por la elección del vestuario. Desde las cinco de la
mañana repasaba vestidos y zapatos, colores y accesorios.
A las ocho salió de casa elegante como siempre, desparramando glamour a su paso, con su
falda de diseño exclusivo arriba de la rodilla, pañuelo de Hermes y cartera de Jackie Smith.
Maquillada pero poco (que apenas se note) y oliendo a flores de Gerlain.
Caminaba por la avenida Callao ligerito, para no llegar tarde, sin prestar atención a nadie pero
sabiendo que todos se daban vuelta para mirarla.
En la esquina de Alvear despotricó contra ese desubicado que regaba las plantas tan
temprano, sintió el contacto suave del agua en el costado de su vestido esperando que no se
hubiese desteñido.
Al llegar al centro médico, abrió con gracia su cartera y notó que en el frasco estéril no
quedaba ni una gota.
Extendió las órdenes de los estudios a la recepcionista, con la letra corrida casi ilegible y le dijo:

-Olvidé traer el análisis de orina, espero que no sea un problema.

La invitación

 
La invitación me llenó de alegría. Margarita había empezado primer grado en su nuevo colegio y a seis meses del inicio de clases no lograba hacerse amigas con quienes jugar. La sobreprotección del jardín barrial al que asistía, con maestras tiernas y besuconas, había quedado atrás. De más está decir que contrastaba en forma burda con la institución centenaria actual, donde cada grado tenía casi treinta alumnas en el aula y a los docentes les tomaba poco menos que un año entero para conocer a cada chica. 


Llegó el gran día, y llevé a la gorda a lo de Azul, una niñita de ojos vivaces y movimientos gráciles. 


Cuando su mamá me abrió la puerta pude ponerle nombre a la cara de una de las tantas mujeres 20 años menores que yo que me cruzaba en la puerta de la escuela y a las que yo saludaba en automático sin saber de quien se trataba. – Aclaro que mi hija en cuestión es la más chica de una prole de siete, y yo me sentía de geriátrico cuando la retiraba o cada vez que nos convocaba un acto patrio.- 


La madre de Azul se llamaba Etelvina y era estirada como su nombre. Siempre estaba enfundada en trajes de Vitamina, usaba carteras de Louis Vuiton y se la veía impecable, con su maquillaje y peinado de peluquería. 


Dejé a Margarita esperando que la hija fuera menos acartonada que su progenitora y volví a trabajar pensando en que al menos se divertiría con alguien de su edad. 


Llegada la tarde le pedí a Juan, mi marido que la buscara. Volvió feliz, con la sonrisa dibujada en la cara y jugando con una bolsita transparente mientras se cambiaba en mi cuarto para ir a bañarse siguiendo el ritual de siempre. 


Mientras la escuchaba cantar Floricienta a lo lejos, noté que Juan había dejado un «Prime» a la vista sobre la mesa de luz. Con mano certera lo escondí en el cajón antes de que lo viera alguno de mis hijos y censuré a mi marido por el descuido. 


Justo en ese momento entró Margarita y apoyando su dedito al lado del velador preguntó:

-Mamá, ¿dónde está el globito que me traje de lo de Azul? Yo lo había dejado aquí.

Barbijo o muerte

Necesitaba recargar las pilas. La pandemia se llevó consigo no sólo los besos y el conacto físico sino también la posibilidad de respirar aire puro. Es así que me subí al auto dispuesta a pasar retenes y controles policiales rumbo a mi querido Tandil, aprovechando el aniversario de mis padres.

Llegué añorando abrazar a mamá y papá, cerre la puerta y arrojé el barbijo sobre la mesa, pero mi ímpetu solo fue correspondido por un trato distante. Tandil no era la excepción a la regla y el miedo a los contagios allí era tan paranoico como en todos lados.

Para obligarme a salir de la casa papá me invitó a encontrarme con un primo en el potrero del molino donde caparían unos terneros. Me hizo una seña para que tomara el tapaboca, pues quería evitar cualquier tipo de riesgo innecesario. Diligentemente lo puse en el bolsillo de la campera y lo seguí de lejos para estirar lo más posible la sensación de asfixia. Al llegar a la manga no me quedó más remedio que sujetarlo a mis orejas pero algo había en ese triángulo infecto que al aspirar se metió por mi garganta. Sentí algo parecido a un insecto, no lo puedo determinar a ciencia cierta, pero se incrustó en mi campanilla y sentí que me empezaba a faltar el aire.

Mientras gesticulaba llevándome las manos al cuello mi primo, que apreció el color violeta de mi cara, se acercó rápidamente cuchillo en mano explicándole a papá lo que había aprendido de mi tío médico.

Según decía, haciendo un pequeño tajo a la altura de la laringe, e insertando una birome Bic en el orificio, se podía implementar una suerte de traqueotomía casera. Yo miraba desorbitada pensando qué sería peor, si morir desangrada o ahogada.

Tanta impresión me causó el procedimiento que comencé a hacer una serie de contorsiones nerviosas y me imaginé tendida en la camilla del hospital. Las voces de los médicos preguntaban por la causa de mi muerte,
-¿Fue el COVID?

-No, ¡la mató el barbijo!…

De vascos

En virtud de mis raíces vascas, y de haber ensayado el deporte de la paleta varios meses con unos amigos del club, me invitaron a participar en uno de los equipos del 28 campeonato de pelota vasca en la ciudad de Tandil. Como el espectáculo era digno de verse y terminaba con una comida para todos pelotaris, le pedí a mi novia que me acompañara en la aventura y así partimos tempranito para recorrer los 360 kilómetros y llegar a tiempo para el primer partido que comenzaba al despuntar la tarde.

Llevábamos una canasta muy bien surtida con platos, cubiertos y vasos tal como nos había instruído el anfitrión de la estancia donde estaba el trinquete. Vicky había dado su toque especial, como siempre, poniendo un mantel a cuadros rojos con servilletas haciendo juego y tenía lista una ensalada mixta y un arrollado de dulce de leche, ya que, lo único que  ponía el dueño del campo, era nada más y nada menos que las reses que se hacían con cuero al asador al mejor estilo criollo.

Yo había comprado para la ocasión dos cajas de 3 litros de vino Las Perdices «by the glass», esta presentación tiene una canillita en la parte inferior y uno se va sirviendo levantando una pequeña palanca.

Ni bien llegamos a Tandileufú mi amigo que me había ofrecido pasar la noche en su propiedad, se excusó diciendo que su casa estaba a tope, pero que no nos preocupáramos, dado que su vecino nos alojaría de mil amores y nos lo presentaría durante la cena.

El torneo se desarrolló sin inconvenientes y todos los artistas nos lucimos espléndidamente. Como mi equipo ganó sentimos la doble felicidad del festejo y sentándonos a una de las mesas dispuestas para el evento comenzamos a comer y beber comentando las proezas de cada jugada. Canillita va, palanquita viene, en un momento de la comida mi amigo se presenta con su vecino, Fermín Echegoyen, a quien saludamos sin registrar demasiado, tan entretenidos que estábamos con nuestro «dispenser». Entre otras cosas nos dijo que encontraríamos la llave debajo de una maceta de geranios y que nos teníamos que instalar en una habitación subiendo la escalera. Le agradecimos pero prestándole poca atención porque la caja de vino nos tenía como hipnotizados.

A la hora de salir, no podíamos ni pararnos de todo lo que habíamos tomado, tanto que el hijo de mi amigo se ofreció a llevarnos en su camioneta y aceptamos conmovidos por el gesto.

Al llegar a la casa buscamos la maceta, yo no distinguía las flores de la borrachera que tenía, Vicky de jardinería mucho no entiende pero tampoco estaba mejor que yo y después de revisar las seis macetas que había en la entrada la llave no aparecía.

Probamos abrir la puerta y como el picaporte cedió entramos nomás muertos de risa. A oscuras pasamos por el living, de ahí al comedor, por una puerta ingresamos a la cocina y de la escalera ni noticias. Vicky prendió la linterna de su celular para poder ver si descubríamos al vecino en alguno de los retratos del aparador, no fuera a ser cosa que estuviéramos en la casa equivocada. Nos tentamos porque ninguno de los dos se acordaba la cara de Echevarren, ¿o era Echeverri? lo bautizamos el vasco en medio de risas apagadas porque del otro lado oíamos unos ronquidos y no queríamos despertar a nadie. Después de tres vueltas en redondo sin encontrar la escalera. Vický me dijo al oído, aunque algo fuerte, que siguiéramos los sonidos de la morsa y yo chisté para callarla pero le hice caso más tentado todavía. Encaramos el pasillo de donde parecían venir los ruidos que a ese punto habían cesado, pasamos la puerta en puntas de pie y al final de todo divisamos nuestro salvoconducto de roble que, como no podía ser de otra manera crujió como el demonio cuando empezamos a subir.

Ya en la habitación encontramos las dos camas como nos habían dicho, mi novia se empezó a cambiar y yo me metí en el baño contiguo con tanta mala suerte que al lavarme las manos la flor de la canilla se desprendió del vástago e hizo al menos cuatro rebotes entre el piso de cerámicos y el enlozado de la bañadera antes de terminar en el inodoro.

Al entrar al cuarto Vicky estaba en una de las camitas hecha un nudo, la besé para evitar la carcajada y nos quedamos dormidos sin saber con seguridad si estábamos en lo del vecino o haciendo usurpación de propiedad privada.

A la mañana siguiente bajamos despacio, Las Perdices me estaban picoteando la cabeza, con miedo de encontrar al vecino porque seguía sin acordarme el nombre.

Por suerte la casa parecía vacía aunque al llegar a la cocina, pegada en la heladera, leímos la siguiente nota:

Estimados huéspedes,
El café está en la hornalla, la leche en la heladera y hay bizcochitos sobre la mesa. Me fui a la ferretería a comprar un repuesto para el lavatorio.

Firmado:  la Morsa Echegoyen