De vascos

En virtud de mis raíces vascas, y de haber ensayado el deporte de la paleta varios meses con unos amigos del club, me invitaron a participar en uno de los equipos del 28 campeonato de pelota vasca en la ciudad de Tandil. Como el espectáculo era digno de verse y terminaba con una comida para todos pelotaris, le pedí a mi novia que me acompañara en la aventura y así partimos tempranito para recorrer los 360 kilómetros y llegar a tiempo para el primer partido que comenzaba al despuntar la tarde.

Llevábamos una canasta muy bien surtida con platos, cubiertos y vasos tal como nos había instruído el anfitrión de la estancia donde estaba el trinquete. Vicky había dado su toque especial, como siempre, poniendo un mantel a cuadros rojos con servilletas haciendo juego y tenía lista una ensalada mixta y un arrollado de dulce de leche, ya que, lo único que  ponía el dueño del campo, era nada más y nada menos que las reses que se hacían con cuero al asador al mejor estilo criollo.

Yo había comprado para la ocasión dos cajas de 3 litros de vino Las Perdices «by the glass», esta presentación tiene una canillita en la parte inferior y uno se va sirviendo levantando una pequeña palanca.

Ni bien llegamos a Tandileufú mi amigo que me había ofrecido pasar la noche en su propiedad, se excusó diciendo que su casa estaba a tope, pero que no nos preocupáramos, dado que su vecino nos alojaría de mil amores y nos lo presentaría durante la cena.

El torneo se desarrolló sin inconvenientes y todos los artistas nos lucimos espléndidamente. Como mi equipo ganó sentimos la doble felicidad del festejo y sentándonos a una de las mesas dispuestas para el evento comenzamos a comer y beber comentando las proezas de cada jugada. Canillita va, palanquita viene, en un momento de la comida mi amigo se presenta con su vecino, Fermín Echegoyen, a quien saludamos sin registrar demasiado, tan entretenidos que estábamos con nuestro «dispenser». Entre otras cosas nos dijo que encontraríamos la llave debajo de una maceta de geranios y que nos teníamos que instalar en una habitación subiendo la escalera. Le agradecimos pero prestándole poca atención porque la caja de vino nos tenía como hipnotizados.

A la hora de salir, no podíamos ni pararnos de todo lo que habíamos tomado, tanto que el hijo de mi amigo se ofreció a llevarnos en su camioneta y aceptamos conmovidos por el gesto.

Al llegar a la casa buscamos la maceta, yo no distinguía las flores de la borrachera que tenía, Vicky de jardinería mucho no entiende pero tampoco estaba mejor que yo y después de revisar las seis macetas que había en la entrada la llave no aparecía.

Probamos abrir la puerta y como el picaporte cedió entramos nomás muertos de risa. A oscuras pasamos por el living, de ahí al comedor, por una puerta ingresamos a la cocina y de la escalera ni noticias. Vicky prendió la linterna de su celular para poder ver si descubríamos al vecino en alguno de los retratos del aparador, no fuera a ser cosa que estuviéramos en la casa equivocada. Nos tentamos porque ninguno de los dos se acordaba la cara de Echevarren, ¿o era Echeverri? lo bautizamos el vasco en medio de risas apagadas porque del otro lado oíamos unos ronquidos y no queríamos despertar a nadie. Después de tres vueltas en redondo sin encontrar la escalera. Vický me dijo al oído, aunque algo fuerte, que siguiéramos los sonidos de la morsa y yo chisté para callarla pero le hice caso más tentado todavía. Encaramos el pasillo de donde parecían venir los ruidos que a ese punto habían cesado, pasamos la puerta en puntas de pie y al final de todo divisamos nuestro salvoconducto de roble que, como no podía ser de otra manera crujió como el demonio cuando empezamos a subir.

Ya en la habitación encontramos las dos camas como nos habían dicho, mi novia se empezó a cambiar y yo me metí en el baño contiguo con tanta mala suerte que al lavarme las manos la flor de la canilla se desprendió del vástago e hizo al menos cuatro rebotes entre el piso de cerámicos y el enlozado de la bañadera antes de terminar en el inodoro.

Al entrar al cuarto Vicky estaba en una de las camitas hecha un nudo, la besé para evitar la carcajada y nos quedamos dormidos sin saber con seguridad si estábamos en lo del vecino o haciendo usurpación de propiedad privada.

A la mañana siguiente bajamos despacio, Las Perdices me estaban picoteando la cabeza, con miedo de encontrar al vecino porque seguía sin acordarme el nombre.

Por suerte la casa parecía vacía aunque al llegar a la cocina, pegada en la heladera, leímos la siguiente nota:

Estimados huéspedes,
El café está en la hornalla, la leche en la heladera y hay bizcochitos sobre la mesa. Me fui a la ferretería a comprar un repuesto para el lavatorio.

Firmado:  la Morsa Echegoyen

2 comentarios sobre “De vascos

Replica a Maria Eugenia Cancelar la respuesta