Barbijo o muerte

Necesitaba recargar las pilas. La pandemia se llevó consigo no sólo los besos y el conacto físico sino también la posibilidad de respirar aire puro. Es así que me subí al auto dispuesta a pasar retenes y controles policiales rumbo a mi querido Tandil, aprovechando el aniversario de mis padres.

Llegué añorando abrazar a mamá y papá, cerre la puerta y arrojé el barbijo sobre la mesa, pero mi ímpetu solo fue correspondido por un trato distante. Tandil no era la excepción a la regla y el miedo a los contagios allí era tan paranoico como en todos lados.

Para obligarme a salir de la casa papá me invitó a encontrarme con un primo en el potrero del molino donde caparían unos terneros. Me hizo una seña para que tomara el tapaboca, pues quería evitar cualquier tipo de riesgo innecesario. Diligentemente lo puse en el bolsillo de la campera y lo seguí de lejos para estirar lo más posible la sensación de asfixia. Al llegar a la manga no me quedó más remedio que sujetarlo a mis orejas pero algo había en ese triángulo infecto que al aspirar se metió por mi garganta. Sentí algo parecido a un insecto, no lo puedo determinar a ciencia cierta, pero se incrustó en mi campanilla y sentí que me empezaba a faltar el aire.

Mientras gesticulaba llevándome las manos al cuello mi primo, que apreció el color violeta de mi cara, se acercó rápidamente cuchillo en mano explicándole a papá lo que había aprendido de mi tío médico.

Según decía, haciendo un pequeño tajo a la altura de la laringe, e insertando una birome Bic en el orificio, se podía implementar una suerte de traqueotomía casera. Yo miraba desorbitada pensando qué sería peor, si morir desangrada o ahogada.

Tanta impresión me causó el procedimiento que comencé a hacer una serie de contorsiones nerviosas y me imaginé tendida en la camilla del hospital. Las voces de los médicos preguntaban por la causa de mi muerte,
-¿Fue el COVID?

-No, ¡la mató el barbijo!…

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