Sucedió mucho antes de la pandemia. Cuando todavía podíamos abrazarnos y festejar como queríamos, adentro o afuera, en la ciudad o en el campo, con 50 o con 500 invitados. Y como casualmente era en una estancia de la provincia de Buenos Aires, la madre de la novia había recomendado enterrar un cuchillo y llevarles una ofrenda de huevos a las monjas Clarisas para garantizar el buen clima. Seguramente se requería un maple en vez de la media docena que arrimaron al convento, y el cuchillo estaba algo desafilado, porque lo cierto es que ese día diluvió de tal modo que me extrañó no ver a Noé entre los invitados.
A pesar del aguacero mi marido sacó el auto, porque con Marité, la madrina, éramos como hermanas junto con otras tres amigas del secundario. Era el casamiento de la primera hija del grupo y veníamos palpitándolo cual quinceañeras. Nos hicimos vestidos largos todas con la misma modista, y le pedimos que nos reservara a cada una de nosotras algún detalle similar al vestido de Marité. A Felisa le tocó el escote corazón, a Susana la espalda descubierta y a mí el gran tajo que dejaba entrever mis piernas esbeltas.
Ya en la ruta 9 mi esposo me propuso pegar la vuelta, porque no se veía nada y los limpiaparabrisas iban y venían sin parar. Lo fulminé con la mirada y continuamos a paso lento para evitar chocar con los autos que iban en fila india con las balizas encendidas. Llegamos a capillita de Zárate para presenciar el final de la ceremonia que nos hizo emocionar a todas hasta las lágrimas. Eso sí, en la penumbra porque con la tormenta se quedó todo el pueblo sin luz. La novia estaba radiante y gracias a Dios pudo completar el trayecto hasta el campo en el carruaje tirado por caballos tal y como estaba planificado desde el momento uno. Un detalle, el padrino lucía unas botas Pampero de un estridente color amarillo en vez de los zapatos de Lopez Taibo, pero nadie dijo ni mu. Con tanto conjuro contra el mal tiempo, Marité nunca pensó que llovería, y el galpón improvisado para los invitados explotaba de gente. A pesar de los baldazos de agua y las sandalias embarradas bailamos a más no poder, hicimos el trencito con los antifaces de lentejuelas que habíamos diseñado para el momento del carnaval carioca y tomamos tanto como en nuestra fiesta de egresadas de la cual tengo más lagunas que intervalos lúcidos.
Para la canción de despedida nos abrazamos las cuatro pero las ganas de hacer pipí me eyectaron un poco mareada y haciendo eses a los baños que estaban dispuestos fuera del galpón. Marité había contratado esas casillas químicas Bassani que hay en las plazas y lugares públicos y me costó un poco bajarme la bombacha entre el tajo y los tacos, porque además del reducidísimo espacio, sentía que se me movía el piso como si estuviera en una montaña rusa. Tratando de despegar un papel higiénico que se pegó a la suela de mi zapato derecho perdí el equilibrio y me colgué del picaporte. La puerta se abrió de repente dejándome ver la nada misma y el guinche, que subía mi casilla al camión de Bassani. Suspendida en el aire grité para mí: – Zulema, ¡la próxima fiesta ni una gota de alcohol!
Genia. Jajaja. Amo tus cuentos
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Gracias Roooo
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Geniales Ine! Son lo masss tus cuentos…y la serie de tacheros?? Jajaj
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Jaaja. Hoy la subo
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Que lindo!!! Me encantó!!!
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Gracias Susy. Abrazo
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Que gracioso!!!Menos mal q soy Pte del club de fans de la hora cero!
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buenísimo, me mate de risa!!!!!!
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A ese casamiento me parece que fui…jajaaa!!! Genial
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