Su fiel compañera

Mamá lo llamaba «el Comodoro». A pesar de ser quien le había dado la vida, ella se refería así a nuestro abuelo. La separación abrupta de su madre cuando él se fue con una señorita veinte años más joven, dejándolas a ella y a mi abuela desamparadas, desencadenó la ira de mamá y un cierre de persiana que acabó con la relación familiar a tal punto que nunca conoció a sus únicos nietos hasta ese día.

Estábamos sentados en una de las mesas del fondo de Los Inmortales, cuando mamá pronunció la siguiente frase:

-¿Quieren conocer a su abuelo?

Y continuó, si quieren pueden saludarlo, es el señor canoso que está sentado al lado de la barra.

Ya éramos bastante grandes, los tres universitarios, y éste fue el comienzo de una serie de encuentros semanales con el Comodoro, algo forzados al principio y que mamá inició como una forma de re encauzar sus sentimientos antes de que fuera demasiado tarde para arrepentirse.

No tuvimos mucho tiempo para generar un vínculo muy estrecho, porque a los dos meses, una mañana lluviosa sonó el teléfono. La voz del otro lado del aparato comunicó que el Comodoro había partido al más allá y que se esperaba que su hija se hiciera cargo del velorio. Esto era imposible porque mamá había salido de viaje con papá y no llegaría hasta dos semanas después, pero decidimos entre nosotros tomar las riendas del asunto.

Con buen criterio mi hermana me prohibió que lo veláramos en cualquiera de las camas de nuestro departamento, le impresionaba bastante el tener un muerto en la casa, pero la convencí de poner el féretro en un rincón del escritorio, un poco por respeto al abuelo y otra porque para alquilar una sala de velatorio teníamos que rastrear a mis padres por la Europa central y ponerlos al tanto del problema.

Cuando terminamos de organizar los detalles, nos dimos cuenta de que estábamos arriesgándonos a que algún ilustre desconocido nos limpiara la casa, así que optamos por pedirle a un tío que pasara revista a la entrada, no sea cosa que entre los ignotos amigos del abuelo se colara algún chorro.

Entraron varios uniformados de la Marina algunos señores mayores y una sola mujer que se instaló discretamente junto al muerto.

El velorio transcurrió normalmente y en un punto, se nos acercó un señor bajito, de cabellera escasa y orejas enormes. Tenía un traje negro que parecía prestado porque le sobraba de todos lados y una voz finita con la que nos preguntó si nosotros éramos efectivamente los deudos.

Asentimos afirmativamente y presentándose como el albacea nos solicitó un lugar más privado para leer el testamento. Nos reunimos en el comedor de diario y escuchamos atentamente…

Comenzó con su última voluntad. Pedía que su hija cremara sus restos. Además debía tomar las cenizas de una tal Anushka que estaban en una urna dorada sobre la chimenea de su casa y esparcirlas junto a las suyas un día de sol desde la Fragata Libertad.

El segundo punto versaba sobre el quinto. Todos esperábamos oír el nombre de mamá, pero resultó que dejaba sus bienes a «su fiel compañera»…

-¡Cómo!, exclamé yo, Anushka, ¿no había muerto?

Y el letrado respondió

-Sí, murió, pero Anushka, era su perrita yorkshire. Su fiel compañera es la señora Gladys González, la rubia que llora al lado del  cajón.

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