Discrepancias idiomáticas

Al abuelo que no conocí.

Era español de pura cepa. Llegó con la inmigración de principios de siglo y se instaló en la ciudad de Córdoba. Ya afincado terminó sus estudios de abogacía y su personalidad franca y carismática le abrió las puertas como profesor de Derecho Romano en la Universidad de “la Docta”. Era un hombre bien plantado, buen mozo y de ojos oscuros, de esos que penetran en el alma de las personas. De buen porte, alto y de espaldas tan anchas que parecía que practicaba natación desde siempre, aunque como él siempre decía, era solo un regalo de la naturaleza.

Rápido como ninguno, siempre estaba listo para un contrapunto. La improvisación era uno de sus mágicos dones que supo desarrollar durante los largos años en que ejerció como actor, pero no de los de ahora, sino cuando esta profesión significaba deambular de pueblo en pueblo atrás de una compañía de teatro. Inteligente y sagaz, sus alumnos lo querían porque sus clases eran un deleite. Era un placer escucharlo no solo por lo que sabía de la materia, sino por su simpatía y el despliegue de sus anécdotas. Sin embargo, su acento ibérico no lo ayudaba con algunos pícaros, y fue así que en una oportunidad uno de ellos le preguntó haciéndose el distraído:

-¿Profesor, es lo mismo tomar que coger?

A lo cual, éste le respondió con su mejor acento español

-Claro que sí Fernández, pero yo preferiría que a mi me tomen y a ti te cojan.

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