La fuga

Como siempre llegó julio, y con él mi cumpleaños. Entre ramos de flores, bombones de chocolate y algo de ropa chic de las casas que más me gustan, recibí la invitación de un día de SPA para dos personas.

El sobre tornasolado por fuera y por dentro el tarjetón escrito en letras ondulantemente doradas indicaba que nos esperaban a partir de las nueve de la mañana para disfrutar de un desayuno saludable y a continuación una serie de tratamientos relajantes entre los que se podía elegir desde masajes descontracturantes, drenaje linfático,  sesiones de limpieza facial profunda con colágeno antiestrés y la famosa fangoterapia.

Me ocupé de reservar un turno para esa  misma semana, y después de barajar opciones se me ocurrió elegir de compañero de aguas a Rolando, un amigo con derecho a roce que me estaba cortejando en ese entonces. Rolando, aceptó casi instantáneamente pensando en un encuentro sensual, los dos semidesnudos en una piscina termal cristalina… la idea lo llenó de entusiasmo.

Al entrar al spa nos recibieron con una bata de tohalla y pasamos a un salón íntimo. El desayuno saludable consistía en unas tostadas de salvado con queso crema, kéfir probiótico con arándanos frescos, cereales con leche, y una compota natural de ciruelas y orejones. Una gran jarra de jugo de naranja recién exprimido ocupaba el centro de la mesa junto a la fuente de frutos secos y pasas de uva.

Yo que habitualmente tomo un tecito bebido con dos galletitas de agua estaba encantada con la novedad y a Rolando le brillaban los ojos mientras su mirada se paseaba de mi escote a mis muslos. Cuando no quedó nada sobre el mantel nos separamos. Rolando se dirigió al gabinete de masaje descontracturante mientras que yo entré al vestuario de damas donde me dieron una diminuta tanga descartable quedando lista para el tratamiento de fangoterapia.

Me recosté en la camilla y sentí las suaves manos de la asistente terapéutica, deslizarse sobre mi piel. Los masajes circulares y la humedad del barro eran tan placenteros que imaginaba a Rolando inundando mi cuerpo.

Absorta en mis pensamientos, noté que me iban envolviendo cuidadosamente en un film plástico. La terapista sostenía un rollo grande como de rotisería con su mano izquierda, mientras que con la derecha maniobraba mis miembros hasta que de pronto quedé boca arriba sin saber si mi cuerpo era un matambre o un pollo al spiedo.

Así inmovilizada debía permanecer en la camilla durante treinta minutos esperando que el fango actuara antes de pasar a los baños con mi cupido.

Ya sola en el camarín, mi estómago empezó a chirriar como una puerta mal engrasada. Toda la salud del desayuno me subió en forma de sudor frío por la columna vertebral y apenas podía hablar para llamar a mi asistente. Tenía miedo de elevar la voz porque sentía que si algo salía por mi garganta se produciría una compensación inmediata, bajando algún fluido por el otro extremo

Los minutos transcurrían sin piedad, lenta y tortuosamente. Ensayé técnicas de relajación para controlar de alguna manera los retortijones pero fue en vano. Traté de apretar los cachetes para evitar lo inevitable y justo en ese momento entró Rolando. Lo vi salir rapidito haciéndome un ademán con la mano y conteniendo la respiración. Ya no volví a saber de él.

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