Recientemente tuve la oportunidad de escuchar una charla Ted donde Angélica Dass, fotógrafa de profesión, contaba cómo se tomó el trabajo de retratar a cuatro mil personas a lo largo del mundo, y clasificar sus tonos de piel tal como lo hace el catálogo Pantone. Encontró que todos son diferentes entre sí, sin distinguir entre ellos ni un solo negro ni un solo blanco. Los que están más familiarizados con el oficio gráfico, saben que el Pantone indica los porcentajes de cyan, magenta, amarillo y negro cuya mezcla conforma la escala completa de colores.
Lo que hizo embarcar a Angélica en este proyecto fue su propia historia de vida que la marcó desde muy pequeña: El primer día de escuela, la maestra les mostró un lápiz rosado presentándolo como “color carne”, y ella, que se sentía tan de carne como el resto de sus amigos, se veía a sí misma de un exquisito color chocolate.
De aquí parte mi relato de varias experiencias vividas por una amiga mía cuya tez es por decirlo de alguna manera tirando al brownie.
Descendiente de una familia aristocrática criolla, propietaria de varias hectáreas de campo en una localidad muy fértil de la provincia de Buenos Aires, con toda una estirpe de antepasados pertenecientes al emblemático Jockey Club, disfrutaba todos los veranos como cualquier hija de socio en las instalaciones de San Isidro.
Así estaba ella retozando en las cristalinas aguas, nadando cual sirena, cuando un señor gritó desgañitado:
-¡Qué hace esa negra en la pileta!
Más allá de lo que propone Angélica de redefinir la narrativa para evitar la discriminación y aprender de la diversidad, el tema de los colores es bastante más profundo, y tiene implicancias sociales que trascienden el simple plano del discurso.
Siguiendo el hilo de las vivencias de mi amiga, contaba que un día determinado se encontraba en la puerta de su casa en el coqueto barrio de Palermo pasando un trapito al parabrisas de su auto, cuando alguien se le arrimó y le preguntó
-Disculpame… si todavía están lavando te traigo el coche.
Termino con la imagen de una noche de otoño, al regreso de un día agotador, los cuatro críos chiquitos, en escalera prendidos a los pantalones de mi amiga, esperando el semáforo para cruzar la avenida del Libertador antes de llegar exhaustos a casa. Observando la escena, un buen samaritano la mira con cara de condescendencia y sentimiento de culpa al tiempo que le dice:
-Perdoname, no tengo monedas.
Brillante! Que este cuento ayude para despertar ❤ ❤
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Gracias Lole querida
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