Era una tarde de verano, de esas en que la ropa se te pega al cuerpo. Llegaba de trabajar y me puse lo más croto que encontré en casa. Remera blanca que contrastaba con mi tono de piel tostado, un par de jeans desteñidos y unas alpargatas con más años que la Patria. Tenía que terminar de desarmar la casa del centro para mudarme al club como hacía todos los años, lo que implicaba dedicarle tiempo a la limpieza, descolgar cortinas, enrollar alfombras y revisar los trajes de Juan para mandar al japonés de la vuelta los que tuvieran manchas.
Con el pelo atado en una colita alta pasé la aspiradora, vacié la heladera y limpié todos los estantes. Saqué los canastos de allá arriba y prolijamente encimé tupper sobre tupper haciendo una torre de comida como para encarar el fin del mundo.
El reflejo del sol de la tarde sobre las fundas claras de los sillones fue la alerta del cierre de la tintorería y salí volando con las dos perchas colgando de mi dedo índice.
La campanita de la puerta sonó detrás de mí y casi sin aliento deposité las prendas sobre el mostrador. Después de inspeccionar rigurosamente las manchas el tintorero me pasó el importe y me preguntó cuánto le iba a dejar de anticipo. Recordé que en el apuro me había dejado la cartera en casa y le dije con seguridad que lo pagaría al retirar. La respuesta me dejó pensando:
-Dígale a su patrón que la próxima vez le de dinero para la seña.
Genial Ine!! No conocia este talento tuyo (y me encanta!!)
Dedicaré mas tiempo a leerte
Que bueno!!!
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Gracias Majo! Espero te guste lo que subo. También escribo poemas y otro tipo de cuentos y reflexiones (no tan graciosos por lo que no son aptos para este blog, al menos por el momento. Besote
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