Pensar antes de actuar (por María Rosa Senet)

No soy de las que revisan cartas, celulares o bolsillos. Prefiero no enterarme. Pero me enteré. Una mujer me lo contó, con pelos y señales. Nombres, lugares, direcciones, fechas, horarios. Sabía todo la muy vengativa. Porque la odiaba a la mujer ésa. Y la vigiló, o la hizo vigilar, no sé. Rápidamente me dí cuenta de que esa otra se lo había sacado a ella .Lo intuí, o lo deduje, no me acuerdo. Así que tenía ante mis ojos la presencia asombrosa de dos amantes de mi marido. La antigua y despechada, y la actual y secreta. Las dos eran bastante agradables y más jóvenes que yo, pero les aseguro que no eran ni bellezas deslumbrantes ni extraordinarias personas. En cuanto al nivel intelectual de ambas, no creo que superaran la tabla del uno o la lectura de Para Tí.

Al principio lo tomé con mucha calma. Le agradecí los datos a la fulana que me los contaba, que temblaba de cólera, sobre todo al verme impasible y nada alterada.

– ¿Y vas a dejar las cosas así ?-me dijo indignada.

-¿Qué gano haciendo un lío?- le contesté, y con parte de la maldad que tengo y nadie conoce agregué: 

– Sé que te vas a ir muy desilusionada si no les armo un escándalo a los dos, o me divorcio, o lo agredo a él y le hago la vida imposible. Pero yo sé muy bien qué tengo que hacer.

– No tenés amor propio, sos un felpudo- me dijo la bruja.

– Pero ¿qué te pasa a vos? ¿Estás muy interesada en que castigue a ambos? ¿Por qué? ¿Qué te han hecho? (Esto último lo dije con cara de descerebrada total) Y ví con alegría que se ponía violeta de furia, se fué dando un portazo. Pobre mina. Le arruiné la venganza. Un tanto a mi favor. Ahora tenía que ver cómo me las arreglaba con el otro asunto. Decidí averiguar más sobre quién era ella. A mi marido, ni «mu». Elemental. Esa noche nos reímos mucho en la comida, y después dormimos cucharita como hacemos siempre que hace frío.

Al día siguiente me aboqué a la búsqueda profunda de vida y milagros de la señora en cuestión. Sabía que se llamaba Agustina tal y tal, y no mucho más. Pero discretos contactos con varias personas me dieron el perfil de mi competidora en lo sexual. Tal y como había pensado con los pocos datos que tenía de antes, no valía ni diez centavos y mucho menos una pataleta con el señor que me daba una espléndida vida y pagaba todas mis cuentas. Después de años de casados, a esta altura del partido me importaba tres carámbanos dónde metía el pito, siempre que no fuera una competencia seria que me dejara a mí en la lona.

Pensé y pensé. Finalmente, después de desechar decenas de variantes y opciones, me quedé con sólo dos:

                        a) Convertir su casa en un paraíso imposible de dejar por lo cómodo, atractivo y entretenido.

                         b) Reforzarme sexualmente y aprender trucos.

                       Lo primero lo encaré rápidamente. Ese fin de semana le propuse armar con sus amigos un pequeño pero selecto club de truco en casa. Les cuento que le encanta jugar al truco, desde muy chico aprendió con los peones del campo, y ahora lo juega con paquetísimos señores. Salvo, (supongo), cuando me dice que va a jugar al club o a lo de tal, y en realidad se encuentra con Agustina. Vaciló un poco en contestarme, porque se le iba la coartada al pozo, pero al fin de cuentas hay muchas otras maneras de conseguir espacios libres. Y yo le conté que ya había visto tres mesas de juego y doce sillas (mentira, las buscaría si aceptaba), que les prepararía un té y luego un trago estupendo, que los doce podían ir rotando o faltar por otros compromisos, y bla bla bla. Se lo vendí entero y al contado, con luces especiales para jugar y una pizarra para anotar campeonatos . Le fué imposible decir que no, le brillaban los ojitos llenos de entusiasmo de sólo pensar en los salamines y el vale cuatro, los porotos sobre el paño verde y el falta envido.

En cuanto al segundo tema, llamé a un íntimo amigo mío, que fuera novio en mi infancia y compinche en mi adolescencia, con quien teníamos un acuerdo tácito total sobre un montón de cosas, incluso las que ustedes pueden imaginarse. Le dije que necesitaba hacer un curso con lecciones de alguna muy buena maestra. Cuando se enteró de qué eran las lecciones, casi se cae de la silla de risa. Quería que me pusiera en contacto con alguna de las chicas que recomendaban los concierges de los hoteles Alvear, o Plaza, o Hilton. Lo mejor de lo mejor, según su vasta experiencia y la de los concierges respectivos. Me lo prometió, y pocos días después estaba en casa de Sonia, una rubia espectacular que se ayudaba con esas tareas para pagar su carrera de Filosofía y Letras. Era una chica encantadora, pautamos varias clases y lo pasamos bomba y muertas de risa mientras me daba clases teóricas y prácticas. Incluso me hizo comprar algunos juguetes sumamente ingeniosos, y me conectó con un importador que traía las últimas novedades de Europa y los Estados Unidos. Ni les cuento mi asombro: el ingenio humano no tiene fin, al menos en ese rubro. Me reproché con dureza que no se me hubiera ocurrido antes hacer algo tan simple como indagar para el placer mutuo.

Poco a poco, (por consejo de mi maestra), fuí introduciendo las novedades en la cama sagrada de los sábados, que ya andaba tecleando a sábado por medio y créase o no empezaron a salir del almanaque otros días olvidados: los domingos, los miércoles y qué les cuento. Además mi mentora me había dado unas pequeñas pastillas de aspecto inofensivo, que yo disolvía cuidadosamente en el whisky, el café o la copa de vino que precedía todo el tejemaneje.

Excuso decirles que la tal Agustina desapareció, de a poco, pero se hizo humo, y como beneficio secundario de mi táctica yo también lo empecé a pasar fabulosamente bien. Y ya no me hizo falta recurrir a algunos amigos de mi juventud, como hacía antes, cuando la ansiedad se volvía insoportable y el mundo era un lugar vacío de saludables entretenimientos.

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