Padrinos

Tomamos posesión del campo que pensábamos alquilar por un año una tarde de diciembre de mucho calor. Nos presentaron a los caseros, un matrimonio muy simpático; él, cuarentón, bien paisano, de boina, bombachas y rastra. Ella de unos treinta y tantos empulpadita y con un hijo adolescente.


No pasó siquiera un mes desde que llegáramos a nuestro nuevo remanso que se presentó la primera sorpresa. Rufina (así se llamaba ella) salió de urgencia a la salita en plena madrugada con un fuerte dolor abdominal y el episodio terminó en un parto que nadie esperaba.


El cómo y el por qué de ese nacimiento es asunto de otra historia. El hecho es que allí nació Rosaflor, una niñita de tres kilos y medio, de mirada dulce y ojitos achinados.


La segunda sorpresa fue cuando nos eligieron padrinos, lo cual para nosotros no era un asunto para tomar a la ligera. Si es que al cabo de un año ya no estaríamos más por ese lugar, ocuparnos de la chiquita nos iba a resultar algo difícil.


Mi marido me convenció argumentando que seguramente no tendrían parientes, porque según nos habían dicho eran de la provincia de Misiones.


Accedí un poco porque no supe qué decir y otro poco porque me dio pena que estuvieran tan solos y, con el gran día, llegó también la tercera sorpresa.

En la puerta de la capilla del pueblo nos esperaban los cinco hermanos de él y las siete hermanas de ella con sus respectivas parejas. Más los padres, sobrinos, y amigos de la familia de Rosaflor llenamos las primeras diez hileras de bancos frente al altar.

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