Me despertó un griterío terrible, ¿qué sería todo ese barullo? Abrí un ojo, ¿qué le había pasado a mi cama que se me hacía tan dura? Sin embargo, las sábanas tenían una textura distinta a la de siempre, mi piel se deslizaba con mucha suavidad por algo que podría ser satén o quizás seda. Algo dentro mío me llevó a bajarme de la cama, como en automático, y fui caminando por el cuarto que tampoco reconocí. Pero ¿qué decorador se metió con mi dormitorio y con mis muebles estilo minimalista? Intenté hacer memoria, pero no recordaba haber hecho cambios en lo inmediato. Una cómoda de estilo español del siglo XIX y un tocador haciendo juego con su banqueta tapizada en terciopelo bordó dominaban la habitación. Nuevamente sentí un tironeo, como si alguien me obligara a sentarme de golpe.
¡Mamita querida, casi me muero cuando me vi en el espejo! Si no era yo, o sí era yo, pero no yo con mi pelo rubio y mis ojos verdes, sino una joven de piel color oliva y cabello y ojos castaños. Sin quererlo empecé a peinarme, con destreza me recogí el pelo en un rodete dejando dos pequeños bucles a los costados de las orejas y me dirigí a un ropero enorme en el otro extremo de la estancia de donde descolgué un vestido rojo como la sangre, dispuesto entre otro montón de vestidos largos.
Mi intención era acercarme a la puerta para ver a qué se debía tanto alboroto, pero no lograba dominar mis movimientos, porque ella, la otra, me manipulaba como una marioneta. Con costumbres muy distintas a las mías se aseaba prolijamente. Humedecía el pañuelo bordado en el agua de una jofaina de porcelana de flores rosadas y se lo pasaba una y otra vez por todo el cuerpo. De pronto, una voz extraña recorrió mis cuerdas vocales llamando a una tal Dominga para que trajera un miriñaque. Asumí que era la criada por mi tono de mando y la rapidez con que una mujer de tez morena irrumpió con el artefacto y terminaron de vestirme entre las dos ciñéndome la cintura tan pero tan fuerte que estuve a punto desmayarme por la falta de aire.
Cuando por fin terminaron con lo que parecía un ritual, aproveché a que me sentaron de nuevo ante el espejo para ver si podía identificar al personaje. Hice memoria, porque esa imagen yo la tenía de algún lado, y justo ahí me cayó la ficha. Dos más dos cuatro, la pintura del Bellas Artes, Prilidiano Pueyrredón, Manuelita Rosas. ¡A la pipetuá! La otra era yo y yo era Manuelita. ¡Diosito mío, si yo siempre quise saber lo que pasaba por la croqueta de esta mina!, qué vida interesante, y a la vez qué dicotomía. Porque por un lado bondadosa y compasiva, pero por el otro idolatrar a ese reverendo hijo de su madre, en fin. Traté de preguntarle, ché Manu, qué onda, vos de tertulia en tertulia y a tu lado la muerte también estaba de fiesta, ¿cómo te caían los canapés?
Ahí entendí el porqué de tanto quilombo en el pasillo, afuera estaba la Mazorca. Con pasitos delicados como los de una geisha la vi salir por la puerta de madera maciza. Un flaco barbudo con pinta de que lo habían estado torturando un ratito antes la miró con ojos suplicantes, sentí que me estremecía, no sé si la otra o si fui yo, pero creo que reconocimos a un amigo porque se nos piantó un lagrimón.
Salimos, ella y yo al inmenso jardín, ¡qué impactante, ese lago, esa arboleda! Fuimos juntas hasta un aromo frondoso, se ve que era agosto porque estaba completamente florecido. A su sombra estaba él, el Restaurador, el Tirano, y yo tan cerca de sus ojos tan celestes como crueles, de esos labios finos que parecían incapaces de hablar de amor. Y me incliné, se inclinó, nos inclinamos y pude casi rozar su patilla rubia. Ella susurró algo, Tatita, clemencia…
Y fue justo en ese instante que volví a ser yo, de jogging y zapatillas en la esquina de Sarmiento y Libertador tratando de reaccionar a la pregunta del enfermero del SAME, ¿Señora volvió?
Sos una genia. … Manuelita Rosas Jajaja
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Genial!!!!!
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