¡Quién me quita lo bailado!

Ya hace más de tres años que vivo en el geriátrico.

Me llevaron engañado, caí como un chorlito. ¿Qué me iba a imaginar yo que esa casona vieja y descascarada en Lomas de Zamora no era la casa del tío Alejandro donde nos esperaban para festejar su cumpleaños?

Lo cierto es que en el momento me entró la duda, porque el tío Alejandro me llevaba como veinte años y yo tengo 83, pero al ver todos esos amigos que parecían de más cien cada uno no pude hacer otra cosa que admirar su poder de convocatoria.

En el momento en que entró la señorita vestida de enfermera, mi hija me dijo que se trataba de una fiesta de disfraces que el tío nos había preparado especialmente, y que le siguiera la corriente. Obediente, me dejé guiar hasta uno de los dormitorios de la casa, me desvestí para hacer de paciente y jugamos a que me tomaba la presión, pero ni bien le pedí de invertir los roles me sacó carpiendo.

Cuando me quise dar cuenta, mi hija ya se había ido y el tío Alejandro no apareció nunca a soplar las velitas.

Me terminé encariñando con todos, tanto que pasaron a ser mi familia, porque lo que es mi gente, si te he visto no me acuerdo, y como siempre me gustó jugar a las damas chinas y tengo bastante suerte con el bingo anduve de lo más entretenido.  

Pero lo de hoy fue realmente fuera de serie. Un muchacho de campera de cuero y pantalones ajustados se presentó en la oficina del director y por la puerta de vidrio vi que me señalaba. Creí reconocer al Antonito, el nieto de mi hermana Juana, me pareció raro verlo, pero ni bien mencionó que íbamos a dar una vuelta en moto lo abracé tiernamente, me puse el casco y subí grácilmente a la Honda negra que nos esperaba en la vereda.

Bajamos en la esquina de España y Gorriti y me invitó una coca y un tostado en el bar de la cuadra donde me pidió ayuda para sorprender a un amigo suyo que trabaja en una inmobiliaria a pocos metros de allí. Lo único que debía hacer yo era sacar un .38 sin balas (recalcó), y me lo deslizó disimuladamente debajo de la servilleta. Mientras tanto él entraría como un héroe para salvarlo del supuesto malhechor que era yo.

Lo vi alejarse en la Honda con el bolso cruzado en la espalda y al rato llegó la policía, pero ¡quién me quita lo bailado!

3 comentarios sobre “¡Quién me quita lo bailado!

Replica a Maria Eugenia Peláez Cancelar la respuesta