La casa del amor

Hacía varios meses que las cosas no andaban bien. ¿Podría ser que incluso desde el último año apenas me dirigiera la palabra? No sabría precisarlo, pero de algo estaba segura: ya casi habíamos abandonado totalmente el contacto físico.

Me sentía perdida, sin rumbo, falta de amor, hambrienta de sus caricias. ¿Qué es lo que había ahora en ese lugar? La rutina suele ser la aliada incondicional del desencuentro. Ya no buscábamos estar juntos, ni siquiera para cumplir con las aburridas tareas domésticas. Simplemente las dividíamos entre nosotros para no sufrir esos infames martirios en su totalidad, olvidándonos de la clave de la palabra compartir.

Así estaba yo, en medio de estas cavilaciones mientras revisaba las cuentas a pagar (producto de la división antes mencionada, ya que todo lo relacionado con la economía conyugal había caído dentro de mi órbita), cuando de pronto lo vi.

En el resumen de la tarjeta de crédito, dentro de los gastos correspondientes a la extensión de mi marido, el último renglón saltó sobre mí como una daga punzante hiriéndome de una manera insospechada. Las letras se despegaban del papel para darme bofetadas a diestra y siniestra poniendo de manifiesto lo tonta e insignificante que era.

LA CASA DEL AMOR. Esta era la vil moneda con la que él me pagaba tantos años de sacrificio, las noches en vela a su lado para que terminara su carrera, el deslomarme en el trabajo día a día y correr a casa para cocinar, lavar y tender la ropa terminando a cualquier hora…

Un torrente de lágrimas se agolpó a la puerta de mis ojos, dolor, sí, pero más que dolor era rabia. Una rabia incontenible que apenas pude dominar para tomar el teléfono y llamar a la tarjeta pidiendo en un hilo de voz el teléfono del prestador 34285798.

Marqué con dedos temblorosos, con miedo y bronca a la vez cuando del otro lado un vozarrón de hombre respondió diciendo: La casa del amortiguador, buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarla?

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