Venía distraída

Venía distraída por el Eleven, como llamamos al barrio de Once con las chuchis para no perder el glamour. El Eleven tiene un efecto hipnótico, porque encuentro desde las golosinas y el cotillón para los cumpleaños de los chicos, hasta los vestidos de fiesta para los cumple de cuarenta que vienen cada vez más sofisticados, ahora temáticos, que te obligan a buscar los disfraces más raros, desde leona africana hasta odalisca exótica tipo Shakira según el caso.

Justamente en eso estaba, tratando de encontrar una túnica de Cleopatra, cuando meto la pata (no por hablar de más) literalmente meto la pata en un tremendo agujero en la vereda derivado de un arreglo de Aysa. El pie se me puso como una morcilla, hinchado y negro, pero eso sería lo de menos si no hubiera dolido lo que dolía. Parecía que una cuadrilla de obreros me estuviera repiqueteando con un martillo hidráulico (el mismo que usó mi arquitecta cuando reformé la cocina y la vieja hdp de la vecina me hizo juicio porque se le rompió una copita de cristal de baccarat que tenía guardada en el bahiut)

En fin, así me encontraba yo, pensando dulcemente en mi vecina sin poder sacar la morcilla del pozo, cuando, al tratar de afirmarme en la pared, un hombre de traje impecable me ofrece su mano y una tarjeta Dr. José Arturo Direktor, Especialista en daños y perjuicios, a modo de presentación. Seguramente haya sido el dolor (del pie y de mi reciente separación), pero me entregué ciegamente a ese ilustre desconocido que me hizo de bastón hasta el hospital de Clínicas, donde un séquito de enfermeras, administrativos y personal de maestranza lo saludaron con respeto. En un santiamén estaba sentada en la camilla de la guardia donde me atendió un médico con aspecto de residente recién recibido, que también reconoció en el Doctor Direktor a un apreciado amigo, esto lo sé porque me hizo pasar antes que los treintaicinco pacientes que había delante de mí.

Mientras que el joven galeno me inmovilizaba la pierna con un yeso, el Dr. Direktor le pedía información de mis lesiones y hacía anotaciones en una libretita. Luego lo escuché salir, y hacerle otra serie de preguntas a la enfermera y al camillero que ambos respondieron haciendo un relato pormenorizado de lo mal que me encontraba a mi arribo al nosocomio, adornando con términos difíciles la gravedad de mi caso.

Una vez que salimos, mi salvador me hizo saber que ya tenía las declaraciones de varios testigos y que le complacería sobremanera ser mi representante letrado en el juicio contra la empresa de aguas y por supuesto contra el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

Bajo la bola de boliche de la pista miro extasiada a mi musculoso Ramsés II. Eso sí hoy nos vamos a dormir tempranito porque mañana hay que madrugar para cobrarle el pleito a la turra del tercero B, lucro cesante, daño emergente, costas y demás gastos.

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