La reunión

Me preparé meticulosamente para la reunión de aquel día. Ensayé el vestido negro, ese que usaba sólo en ocasiones especiales, pero me pareció poco como para el encuentro tan esperado. Si iba a verme frente a frente con un colega como Martínez debía lucir bien, no necesariamente una diva, pero sí acorde a lo que creía ser, una mujer inteligente y aplomada. Según había leído, él era además de escritor, matemático y muy avezado en el pensamiento filosófico. Completé el look con un chal bordado que traje de mi última vez en Vietnam, me maquillé discretamente y sonreí con aprobación al verme en el espejo. Ahora sí podría desplegar la batería de preguntas que había preparado, y me sentiría más segura al momento de aguzar mi intelecto para el ping pong que, inevitablemente, se daría entre ese grupo implacable de escritores al que pertenecía. Al alcanzar la puerta de calle recordé que debía llevar una bebida como contribución, además de los pesos que ya había transferido con diligencia la semana anterior. Volví sobre mis pasos hasta la cocina y, además del vino de una buena bodega que me habían recomendado, elegí también cuidadosamente la bolsa, no debía ser plástica de las que te dan en los supermercados, pues cada pequeño detalle habla de uno.

Tomé un taxi hasta la la torre del barrio de Palermo donde estaba previsto el evento, llegaba un poco tarde y subir a ese piso tan alto en un ascensor tan lento me pareció una eternidad. Toqué el timbre y me recibió la empleada que tomó mi bolsa y me hizo subir un piso por la escalera de mármol donde seguramente estarían ya todos acomodados. Antes de entrar, sospeché que algo en mi calendario habría fallado, ya que encontré a la dueña de casa en plena venta de no sé qué tejidos a unas extranjeras. Ella me miró y estalló en una carcajada despiadada, el encuentro con Martínez había sido el día anterior. Me acompañó hasta la salida y partí sin consuelo y también sin mi vino.

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